Jorge Suárez-Vélez

El otro día hablé con un colaborador de López Obrador quien resumió en una frase a este gobierno: «tienen muy claro qué hacer, no tienen la menor idea de cómo operar». Este es un gobierno de viejitos, con perfil académico, que jamás han tenido contacto con la realidad y son incapaces de diseñar estrategias concretas. Pero, además, al declararles la guerra a tecnócratas y «fifís», impiden beneficiarse de quienes sí tienen extensa experiencia operativa. La improvisación operativa provocó una crisis en el comercio de combustibles, y está por provocar un desabasto de medicamentos que dolerá más a quienes menos tienen.

Todos los días crece la distancia entre el sueño de AMLO y la realidad. En once semanas se ha hecho evidente la incompatibilidad entre su sincera aspiración de disciplina fiscal, su deseo de incrementar fuertemente el gasto social (para construir una base clientelar que le dé a Morena una presencia permanente), y el fondeo de disparates como Dos Bocas y el Tren Maya.

Se ha hecho evidente que al Presidente no se le da la aritmética. El costo de ejecutar su plan es monumental. Su capricho de cancelar el NAIM podría costar 145 mil millones de dólares (2.9 billones de pesos), de acuerdo a cálculos de José Antonio Meade que no han sido refutados. Esto es 18 veces el costo total de los programas de jóvenes, adultos mayores y discapacitados. Si hubiera hecho cuentas, vería que se hizo harakiri al cancelar una obra con un tercio de avance, cuyo costo de cancelación por muchos años será un pesado lastre que no le dará beneficio alguno.

Además está Pemex, elemento esencial en el sueño del tabasqueño. Lo han convencido de que esa empresa puede fondear todos sus programas, como PDVSA lo hizo para Chávez. Será un catastrófico error que use sus escasos recursos para capitalizar una empresa que será un barril sin fondo, dado que no están dispuestos al enfrentamiento con el sindicato para cambiar estructuralmente una empresa obesa e ineficiente, donde los trabajadores llevan décadas operando con todos los incentivos equivocados.

Si este gobierno cambia el régimen fiscal de Pemex, la disciplina fiscal prometida se evaporará. La reacción de las empresas calificadoras de riesgo será inmediata y despiadada. Esta administración enfrentaría algo muy similar a una tormenta perfecta que pondría el reflector sobre su ineptitud.

Primero, nos afectará la gradual desaceleración de la economía estadounidense. Muchos creen que la revaluación del Peso mexicano es un aval al nuevo gobierno. Nada más lejos de la realidad. La demanda por éste se detonó por un cambio de perspectiva global con respecto al dólar. Se esperaba que se fortaleciera conforme la Reserva Federal aumentara tasas de interés a lo largo de 2019. Después de un ajuste de 20% en las Bolsas y la repentina preocupación sobre una posible recesión, la Fed pospuso el ajuste monetario, provocando venta masiva de dólares. Al vender, hay que comprar otra moneda y el peso es la que ofrece la tasa de interés más alta entre las monedas de países que disfrutan de «Grado de Inversión» (es decir, una calificación de deuda superior a BBB).

Si AMLO hace que Hacienda absorba deuda de Pemex, perderemos esa calificación y el Peso se depreciará. Pero, además, crece la duda sobre la ratificación del T-MEC. Una Cámara baja en manos demócratas (partido no afín al libre comercio, que se ha movido claramente hacia la izquierda) tendrá nulo interés por confirmar lo ya hecho por Donald Trump, y puede aprovechar la ocasión para humillarlo. México requerirá de enorme pericia para navegar el Legislativo estadounidense, pero corrieron al equipo que la tenía. Seade no cuenta ni con equipo ni con recursos.

Aunque parezca increíble, estamos viendo a la mejor versión de AMLO. La peor vendrá cuando enfrente una crisis. Ahí, surgirán las fracturas en su equipo, y él acentuará su narrativa contra mercados y empresarios. El costo de la ineptocracia se hará evidente. La necia realidad será la cruel aguja que reviente el globo de su sueño tropical. Ojalá me equivoque.

Ana Paula Ordorica es una periodista establecida en la Ciudad de México. Se tituló como licenciada en relaciones internacionales en el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y tiene estudios de maestría en historia, realizados en la Universidad Iberoamericana.



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