Jorge Suárez-Vélez

A pesar de no comulgar con sus ideas, creí que quien llevaba tantos años buscando llegar, sería más pragmático que ideológico cuando lo lograra. Lo imaginaba formando un equipo de gente intachable, con experiencia y capacidades evidentes; tratando de invitar a los escépticos a darle el beneficio de la duda. Me equivoqué.

Jamás esperé tal destrucción en menos de cien días de Presidencia. En mi peor pesadilla no aparecía la militarización permanente de la seguridad, o la «compra» del Ejército poniéndolo al frente de grandes obras públicas, y a cargo de desarrollos inmobiliarios y de infraestructura para actividades civiles.

Nunca esperé su frontal ataque a contrapesos que emanan de órganos autónomos, ni que los denostara al llenar vacantes con incondicionales flagrantemente ineptos. No lo pensé capaz de usar a la Secretaría de la Función Pública y a la Unidad de Inteligencia Financiera de Hacienda para linchar a Guillermo García Alcocer, presidente de la Comisión Reguladora de Energía (CRE), sólo porque osó cuestionarlo.

Jamás pensé que cancelaría la obra pública en construcción más grande de América Latina, cuando ésta tenía ya un tercio de avance. Máxime cuando cancelar el aeropuerto costará, literalmente, más que terminarlo, y cuando es evidente que está tan corto de recursos para consumar su proyecto clientelar.

No lo veía cancelando estancias infantiles y menos articulando una narrativa misógina que casi propone que las mujeres se queden en casa, en vez de salir a trabajar. Jamás pensé que usaría el poderoso púlpito presidencial para, desde éste, dividir, insultar, atacar y denigrar cada mañana a quien no comulgue con sus exiguas ideas.

Sabía de la peligrosa ignorancia con respecto a lo que ocurre en un mercado energético en el que la enorme producción estadounidense lo ha cambiado todo. Sé que no entiende que el acceso a petróleo es hoy abundante y que lo escaso es el capital para sacarlo. Tampoco entiende la premura, pues habló de «cuidar el petróleo para nuestros nietos», un negro presagio de que no concibe que la demanda por hidrocarburos desaparecerá conforme las fuentes alternativas de energía se abaratan exponencialmente. Creí que era a prueba de demagogos entender que Pemex no tiene ni tecnología ni dinero para extraer en aguas profundas (donde está el grueso de sus reservas que no son «shale»), y que las condiciones que nos pagan las multinacionales petroleras son más que favorables. Alfonso Romo me dijo que lo entendían. Pensé que verían que, dada la precaria situación financiera de Pemex, tienen poco tiempo para darle la vuelta. Creí que aprovecharían su enorme bono democrático para proponer cambios estructurales profundos a una situación laboral que ahoga a la empresa. En vez de eso, sin cambios, tirarán miles de millones de dólares cuando no tiene sentido ni refinar, ni hacerlo en Tabasco. Creí que cuidaría los pocos recursos que tiene, pero entre NAIM, Dos Bocas y el fútil Tren Maya, he perdido toda esperanza.

Pero más que todo, me sorprende el silencio. No entiendo por qué tantos permanecen inmóviles ante la evidencia de que AMLO va a destrozar a México. Lo que ha hecho, y lo que propone, garantiza atraso, creará estructuras que garantizan pobreza perenne, y permanente dependencia del Estado. Su autoritarismo y la devastación de contrapesos nos alejarán en forma definitiva del Estado de Derecho que tanto nos urge. Los abusos de derechos humanos se volverán aún más cotidianos. La opacidad será norma. México perderá lo mucho que se ganó con décadas de disciplina fiscal, y nos aislaremos cuando estamos en medio de globalización irreversible y de la mayor Revolución Tecnológica desde la invención de la máquina de vapor.

Imperdonablemente toleramos exclusión social que explica cabalmente la arrolladora victoria de AMLO, pero ésta no se resuelve cambiando una élite por otra. En este país sin contrapesos, el contrapeso eres tú que lees esto. No hay tiempo que perder para que nos movilicemos. No hay pretexto. Si no lo crees posible, quizá entonces mereces el México que AMLO está construyendo.

Ana Paula Ordorica es una periodista establecida en la Ciudad de México. Se tituló como licenciada en relaciones internacionales en el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y tiene estudios de maestría en historia, realizados en la Universidad Iberoamericana.



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