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Venezuela

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Lo que hizo el gobierno de Donald Trump con Nicolás Maduro es exactamente lo que quisiera hacer Vladimir Putin con Volodomir Zelenski. Vengo de estar en Ucrania hace un mes y solo de pensar que el presidente ruso pudiera hacer algo similar, ahora con el aval de que los estadounidenses han hecho lo mismo en Venezuela, me parece un antecedente sumamente negativo.

Pero también, no dejo de pensar en que Nicolás Maduro y su entorno han destruido a un país que antes era próspero. Lo que le han hecho a Venezuela los chavistas en este cuarto de siglo ha sido tremendo. Han devastado la economía; destruido las libertades; se han adueñado de las riquezas petroleras y han acabado con la democracia.

Millones han tenido que abandonar el país. La ONU estima que han salido casi ocho millones de venezolanos, una crisis de desplazamiento de personas que han tenido que dejar sus hogares, a sus padres, su comida, su idioma. Algunos han podido irse a vivir a Miami cómodamente, pero muchos otros han salido con una mano por delante y otra por detrás, y nada más. Ha sido tremendo.

Han intentado de todo para sacar al chavismo del poder. Han salido pacíficamente a las calles. Han apoyado a distintos candidatos opositores. Algunos, como Leopoldo López, han sido encarcelados. Muchos periodistas y manifestantes han terminado presos o asesinados. Los medios han sido censurados. En María Corina habían encontrado unidad y alguien que no los abandonó a pesar de que se le prohibiera contender en las elecciones. Salieron a votar. Y ganaron. Pero ni así lograron que los chavistas salieran del poder. Apelaron a las instancias internacionales y…nada.

Nada funcionaba para sacar a los chavistas de Venezuela. Venezuela hoy no es una nación plenamente soberana. Se ha convertido en un estado cliente de Rusia, Irán y Cuba. Para muestra, el equipo de seguridad que “cuidaba” a Maduro el 3 de enero estaba compuesto por ciudadanos cubanos, no venezolanos.

Así que entiendo la alegría de ver a Maduro en chanclas negras y calcetines, cojeando y diciendo “Happy New Year” a los integrantes de la DEA que lo recibieron en Nueva York a manera de esconder su propia incertidumbre sobre qué sigue para él y si pasará el resto de su vida tras las rejas en Estados Unidos.

Dicho lo anterior, pienso en México. En la cantidad de ocasiones que Trump, Marco Rubio y otros republicanos han dicho que nuestro país es gobernado por el crimen organizado y que evalúan una posible intervención. Apenas unas horas habían pasado del operativo que extrajo a Maduro de Caracas y Trump ya estaba hablando de Sheinbaum en Fox & Friends: “Es una extraordinaria mujer, pero…ella no gobierna; gobiernan los cárteles”.

Si el escenario ya era complicado de cara a la revisión del TMEC, ahora se puso color de hormiga.

No digo que Claudia Sheinbaum deba abandonar el discurso de soberanía. Al contrario. Trump detesta a los débiles y suele premiar sólo a quienes se plantan. De hecho, Sheinbaum ya condenó la intervención en Venezuela y advirtió, con razón, que la historia latinoamericana demuestra que la intervención extranjera no trae democracia ni estabilidad duradera.

Pero la soberanía no se declama, se ejerce. Y eso exige una señal inequívoca de cero tolerancia a la colusión política con el crimen organizado. No basta con decomisos y laboratorios cerrados. Lo que se necesita es limpiar gobiernos locales capturados, cortar flujos financieros y desmantelar redes de protección política. Hacerlo por convicción democrática y por seguridad nacional, no porque lo exija Washington.

El peor escenario no es que Trump ordene un operativo en México. El peor escenario es que haya mexicanos que, por desesperación, empiecen a desearlo y a aplaudirlo.

Columna publicada en El Universal

El anuncio del Premio Nobel de la Paz 2025 para María Corina Machado representa mucho más que un reconocimiento personal: es un recordatorio internacional de que la crisis venezolana sigue encendida y que la causa democrática debe de atenderse con urgencia.

El Comité Noruego del Nobel la premió “por su incansable labor promoviendo los derechos democráticos del pueblo de Venezuela y por su lucha por lograr una transición justa y pacífica de la dictadura a la democracia”. Justa y pacífica son dos palabras clave en el comunicado del Comité. Lo son porque he visto a algunos cuestionar el Nobel a Machado diciendo que ella pide la intervención de EUA y promueve un golpe de Estado, lo cual es absolutamente falso.

Que una figura de la oposición venezolana —obligada al silencio, a la clandestinidad, marginada electoralmente— reciba tal premio es una bofetada simbólica al régimen de Nicolás Maduro y una señal clara para todos los autócratas del continente: el mundo los está observando.

Pero lo que me ha llamado mucho la atención es la reacción de la presidenta Claudia Sheinbaum. Con su escueta respuesta de “sin comentarios” al preguntársele sobre el reconocimiento a Machado en la mañanera se colocó del lado del régimen dictatorial, no del lado de la democracia. Ese sin comentarios no es neutralidad.

¿Por qué esa postura? ¿Qué pacto silencioso podría haber entre la 4T y Maduro?

El silencio diplomático que guarda México no es nuevo en la era de la 4T. México ha preferido mantener una política exterior que proyecte autonomía y rechazo a intervencionismos, pero a contentillo. Esa lógica de “no intervención” se vuelve sospechosa cuando la indiferencia ante crímenes contra la democracia se convierte en apoyos tácitos.

El argumento de la “autodeterminación de los pueblos” suena airoso e importante, hasta que choca con la realidad. ¿Por qué opina, interviene o apoya el actual gobierno mexicano en Bolivia, Ecuador o Perú con acentos críticos, pero guarda silencio respecto al deterioro democrático en Venezuela? Esa doble vara revela parcialidad. No hay autodeterminación verdadera si la región vive bajo gobiernos que actúan como arietes políticos entre sí.

Lo que se filtra entre líneas es la posibilidad de que la 4T tenga un arreglo —o al menos simpatía— con el régimen chavista, hoy madurista. Simpatía que se ahonda cuando anuncia la presidenta que no acudirá a la Cumbre de las Américas en diciembre porque no están invitados ni Maduro, ni Diaz Canel (Cuba), ni Ortega (Nicaragua).

¿Por qué ha decidido Sheinbaum seguir por la ruta de su antecesor, Andrés Manuel López Obrador, en cuanto al régimen de Venezuela se trata? Ha optado por colaborar diplomáticamente, abstenerse de críticas contundentes, mantener canales abiertos sin cuestionamiento sobre la opresión a la oposición. Ella, que como opositora tanto peleó por jugar el juego democrático para llegar al poder ahora responde un “sin comentarios” que la hermana con el dictador Nicolás Maduro.

El Nobel a María Corina Machado no ha sido gratis. En su lucha ha sido acosada, vetada, criminalizada. Fue descalificada para competir en 2024, obligada al exilio interno, privada de espacio mediático y sometida a persecución constante. Pero el Nobel le da un altavoz universal, una defensa política colectiva. Ese altavoz es una victoria simbólica contra la censura.

El silencio mexicano, en cambio, es una derrota moral. Porque reconocer, o no, un Premio Nobel no es solo un acto diplomático, es una postura ante la historia.

María Corina Machado recibió el Nobel en nombre del pueblo venezolano: “este es un logro colectivo, no algo que merezco solo yo”. Pero mientras ella alza la voz, el gobierno mexicano prefiere apoyar con un “sin comentarios” a Nicolás Maduro.

La neutralidad frente a la dictadura también es complicidad.

Columna publicada en El Universal

Desde que los millonarios venezolanos comenzaron a abandonar su país ante el desastre del régimen de Hugo Chávez, se ha dicho en tono de broma que los alcaldes de Miami deberían poner una estatua del líder bolivariano en Ocean Drive o en Key Biscayne para agradecerle la cantidad de dinero que ha llegado a esa ciudad de Florida de venezolanos. Unos huyendo del autócrata; otros producto de la corrupción y saqueo al Estado.

Ahora, con la noticia que ha dado a conocer el investigador del Diálogo Internacional, Michael Camilleri, y el periodista de Univisión, David C Adams, podríamos pensar que las sumas de dinero venezolano en Estados Unidos dan para mucho más que para una estatua de Hugo Chávez.

Y es que en esta investigación se muestra que el dinero de la corrupción en Venezuela que ha terminado en Estados Unidos ha servido hasta para pagar parte del muro de Trump en la frontera con México. Seiscientos millones de dólares del Fondo de Confiscación del Departamento del Tesoro han sido canalizados para este fin.

Ya sabemos que Donald Trump prometió a sus bases electorales que acabaría con la migración indocumentada a su país mediante la construcción del muro fronterizo, y que México pagaría por éste. Pero pues México no ha pagado directamente nada. Aunque el envío de la Guardia Nacional a la frontera sur podría ser considerado un muro humano pagado por México.

Y desde que Trump asumió el poder en 2017 el Congreso le ha negado los fondos requeridos para el muro. Por ello, en febrero del 2019 La Casa Blanca declaró que en su frontera sur existía una emergencia nacional, lo que le permitió al ejecutivo tener acceso a un esquema para darle la vuelta a la falta de fondos que eran bloqueados por el Congreso.

El plan de La Casa Blanca le abrió la puerta a Trump para acceder a estos $601 millones de dólares confiscados a funcionarios venezolanos corruptos. Esto ocurre mientras Juan Guaidó, a quien Estados Unidos reconoce como el presidente interino de Venezuela, pide al gobierno de Trump que le regrese los más de mil millones de dólares que han robado venezolanos y han sacado para depositar en cuentas; yates; casas de lujo; autos; joyas y otros bienes en Miami, principalmente. Guaidó argumenta, con razón, que el pueblo venezolano está enfrentando enormes carencias que se han vuelto mucho peores a partir de la pandemia del COVID19.

El tema es que, mientras la situación en Venezuela entre Maduro y Guaidó no se resuelva, Guaidó no tiene forma legal de presionar a EUA de que le devuelva estos fondos y el gobierno de Trump argumenta que están siendo utilizados correctamente ya que su gasto tiene que estar relacionado con la aplicación de la ley. La construcción del muro en la frontera con México encaja con esta descripción porque su propósito es evitar el paso de drogas y delincuentes.

Así que la promesa de Trump de que México pagaría por el muro en la frontera se ha convertido en que sea Venezuela quien pague parte de este muro. Venezuela, con todo y las carencias de gran parte de su población; con todo y la cercanía entre varios integrantes de Morena que no paran de elogiar a Chávez y a su sucesor, Nicolás Maduro, está financiando ese muro que simboliza todo lo que está mal en la relación México y Estados Unidos.

Columna completa en El Universal