En Morena existe el obradorismo. Lo que no existe todavía es el sheinbaumismo.

La mejor prueba de ello la dio, sin quererlo, Marx Arriaga. El ahora exdirector de Materiales Educativos de la SEP, uno de los principales arquitectos de los polémicos libros de texto gratuitos, reaccionó a su remoción como un cuadro desplazado de una causa superior. Denunció que su salida era un intento de desmontar “el proyecto educativo del obradorismo”.

No habló del proyecto educativo de Claudia Sheinbaum. Habló del de Andrés Manuel López Obrador. No es un matiz menor. Es una definición política muy clara de lo que hoy hay en Morena…y de lo que no existe.

Arriaga no es un caso aislado. Es un síntoma. Su reacción confirma que, dentro de Morena, el referente sigue siendo López Obrador. El poder formal cambió de manos, pero el poder simbólico sigue anclado en el pasado reciente. Y mientras eso no cambie, la autoridad política de Sheinbaum será necesariamente incompleta.

Toda sucesión implica una transición no sólo administrativa, sino narrativa. Gobernar no es únicamente ejercer el poder; es también definir su sentido. López Obrador no sólo gobernó, creó una identidad política. El obradorismo es, más que un programa de gobierno, un marco mental. Una forma de interpretar al país, sus élites, sus agravios y su destino. Quienes forman parte de Morena saben qué significa ser obradoristas. Lo que no saben todavía es qué significa ser sheinbaumistas.

Ese vacío es peligroso. Porque hoy, dentro de la autodenominada 4T, conviven (o intentan convivir con muchos problemas) dos corrientes claramente diferenciadas, los radicales y los moderados.

Entre los radicales se encuentran figuras como el propio Marx Arriaga, Jesús Ramírez, Pablo Gómez o Gerardo Fernández Noroña, exponentes de una izquierda ideologizada, confrontacional, convencida de que la transformación pasa por desmontar no sólo estructuras de poder, sino también los marcos conceptuales del México contemporáneo. Su lenguaje es de ruptura. Su legitimidad proviene de la pureza doctrinal.

En el otro extremo están los moderados. Figuras como Alfonso Ramírez Cuéllar, Ricardo Monreal, Marcelo Ebrard o el secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, representan una corriente más pragmática. Su lógica es de gestión, no de cruzada. Entienden el poder como instrumento de gobernabilidad, no como vehículo de reivindicación histórica.

Ambos grupos coexisten, pero no necesariamente convergen. La pregunta central es ¿con quién se identifica Claudia Sheinbaum? Hasta ahora, la respuesta no es clara. Su discurso oscila entre la lealtad al legado y la necesidad de construir su propia legitimidad.

El obradorismo fue el resultado de años de confrontación, narrativa y liderazgo personal. López Obrador construyó una causa, no sólo una administración. Por eso sus seguidores se asumen como parte de un proyecto que trasciende el sexenio.

Sheinbaum enfrenta ahora el reto de transformar una herencia en un liderazgo propio. La falta de una identidad política definida genera incertidumbre interna. Los cuadros no saben a qué proyecto responden. Las lealtades se fragmentan. Las facciones se fortalecen. Y en ese vacío, el poder se diluye.

La escena de Marx Arriaga es reveladora precisamente por eso. Mientras los actores políticos sigan defendiendo el obradorismo como causa viva, el sheinbaumismo seguirá siendo una promesa pendiente.

Toda presidenta necesita algo más que el cargo. Necesita un proyecto que lleve su nombre. Seguir en la ambigüedad de querer construir el México que ella quiere e imagina pero a la vez defender el que él pensó y le heredó le está generando demasiados problemas a la presidenta. Problemas que no harán más que crecer ante esta indefinición.

Columna publicada en El Universal

Ana Paula Ordorica es una periodista establecida en la Ciudad de México. Se tituló como licenciada en relaciones internacionales en el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y tiene estudios de maestría en historia, realizados en la Universidad Iberoamericana.



Escribe un comentario