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Lo que hizo el gobierno de Donald Trump con Nicolás Maduro es exactamente lo que quisiera hacer Vladimir Putin con Volodomir Zelenski. Vengo de estar en Ucrania hace un mes y solo de pensar que el presidente ruso pudiera hacer algo similar, ahora con el aval de que los estadounidenses han hecho lo mismo en Venezuela, me parece un antecedente sumamente negativo.

Pero también, no dejo de pensar en que Nicolás Maduro y su entorno han destruido a un país que antes era próspero. Lo que le han hecho a Venezuela los chavistas en este cuarto de siglo ha sido tremendo. Han devastado la economía; destruido las libertades; se han adueñado de las riquezas petroleras y han acabado con la democracia.

Millones han tenido que abandonar el país. La ONU estima que han salido casi ocho millones de venezolanos, una crisis de desplazamiento de personas que han tenido que dejar sus hogares, a sus padres, su comida, su idioma. Algunos han podido irse a vivir a Miami cómodamente, pero muchos otros han salido con una mano por delante y otra por detrás, y nada más. Ha sido tremendo.

Han intentado de todo para sacar al chavismo del poder. Han salido pacíficamente a las calles. Han apoyado a distintos candidatos opositores. Algunos, como Leopoldo López, han sido encarcelados. Muchos periodistas y manifestantes han terminado presos o asesinados. Los medios han sido censurados. En María Corina habían encontrado unidad y alguien que no los abandonó a pesar de que se le prohibiera contender en las elecciones. Salieron a votar. Y ganaron. Pero ni así lograron que los chavistas salieran del poder. Apelaron a las instancias internacionales y…nada.

Nada funcionaba para sacar a los chavistas de Venezuela. Venezuela hoy no es una nación plenamente soberana. Se ha convertido en un estado cliente de Rusia, Irán y Cuba. Para muestra, el equipo de seguridad que “cuidaba” a Maduro el 3 de enero estaba compuesto por ciudadanos cubanos, no venezolanos.

Así que entiendo la alegría de ver a Maduro en chanclas negras y calcetines, cojeando y diciendo “Happy New Year” a los integrantes de la DEA que lo recibieron en Nueva York a manera de esconder su propia incertidumbre sobre qué sigue para él y si pasará el resto de su vida tras las rejas en Estados Unidos.

Dicho lo anterior, pienso en México. En la cantidad de ocasiones que Trump, Marco Rubio y otros republicanos han dicho que nuestro país es gobernado por el crimen organizado y que evalúan una posible intervención. Apenas unas horas habían pasado del operativo que extrajo a Maduro de Caracas y Trump ya estaba hablando de Sheinbaum en Fox & Friends: “Es una extraordinaria mujer, pero…ella no gobierna; gobiernan los cárteles”.

Si el escenario ya era complicado de cara a la revisión del TMEC, ahora se puso color de hormiga.

No digo que Claudia Sheinbaum deba abandonar el discurso de soberanía. Al contrario. Trump detesta a los débiles y suele premiar sólo a quienes se plantan. De hecho, Sheinbaum ya condenó la intervención en Venezuela y advirtió, con razón, que la historia latinoamericana demuestra que la intervención extranjera no trae democracia ni estabilidad duradera.

Pero la soberanía no se declama, se ejerce. Y eso exige una señal inequívoca de cero tolerancia a la colusión política con el crimen organizado. No basta con decomisos y laboratorios cerrados. Lo que se necesita es limpiar gobiernos locales capturados, cortar flujos financieros y desmantelar redes de protección política. Hacerlo por convicción democrática y por seguridad nacional, no porque lo exija Washington.

El peor escenario no es que Trump ordene un operativo en México. El peor escenario es que haya mexicanos que, por desesperación, empiecen a desearlo y a aplaudirlo.

Columna publicada en El Universal

Se acabó el 2025, un año en el que el ritmo del mundo lo marcó Donald Trump. Su regreso a la Casa Blanca reordenó prioridades y la voluntad de un solo hombre fue la que definió conflictos, alianzas y mercados. La pregunta para 2026 no es si Trump influirá, sino cómo y a qué costo.

Estos son cinco momentos que, con alta probabilidad, van a definir el año que comienza alrededor del mundo. En todos, de una forma u otra, la historia se escribirá en Washington.

Guerra Rusia-Ucrania: El futuro de esta guerra parece destinado a resolverse según el relato que convenza a Trump. Zelensky insistirá en lo elemental: Rusia invadió y Europa y Estados Unidos no deberían premiar al agresor. Putin repetirá que “va ganando” y que la paz solo llega si Kyiv cede territorio y soberanía. 2026 arrancará con ese jaloneo sobre el oído presidencial, mientras Europa intenta aumentar apoyo para que Ucrania siga siendo la primera línea de defensa del viejo continente.

Relación EUA-China: Beijing llega con mejores cartas que al inicio de la guerra comercial de Trump 1.0. Y al tablero económico se le suma el militar. El Pentágono ha definido al 2027 como año crítico para que China busque adueñarse de Taiwán. En Beijing, la isla sigue siendo “asunto interno” y su democracia, un desafío. Por ello no ha sorprendido que, en plenas fiestas decembrinas, el ejército chino ha enviado unidades aéreas, navales y de misiles para realizar un ensayo de bloqueo que ha generado temores de un nuevo conflicto devastador. Los ejercicios navales en el estrecho de Taiwán, que representan una importante escalada en la frágil región, pretenden ser una severa advertencia contra la “interferencia externa”, según declaró el gobierno chino al enterarse del paquete militar que EU dio a Taiwán por más de $10 mil mdd. Hay planes para una reunión en el 1er semestre del año entre Trump y Xi en donde veremos la postura estadounidense frente a los intentos de China por hacerse de esta isla que tiene una enorme importancia geoestratégica por los chips que le vende a EUA.

Elecciones intermedias en EUA: El 3 de noviembre se renueva toda la Cámara de Representantes y 33 escaños del Senado. Hoy ambos están en manos republicanas y Trump ha logrado reducir los contrapesos. Para que los demócratas recuperen la mayoría necesitarían un cambio neto de 5 escaños en la Cámara y 4 en el Senado. De ese resultado dependerá también si el trumpismo se consolida rumbo a 2028 o si empieza a resquebrajarse. Es decir, se podrá ponderar si el proyecto MAGA tiene futuro, posiblemente con la candidatura de J.D Vance para el 2028, o no.

Venezuela: La presión sobre Nicolás Maduro ha entrado en una fase más peligrosa. Se ha confirmado que la CIA llevó a cabo un ataque con drones en contra una instalación portuaria en la costa venezolana que el gobierno estadounidense dice estaba siendo utilizado por el Tren de Aragua para almacenar y transportar drogas. El mensaje es claro: Trump quiere “resultados” rápidos, aunque eso empuje los límites de la soberanía ajena. Para México, la lectura es que si en Washington se instala la idea de actuar contra el narcotráfico más allá de sus fronteras, las advertencias de soberanía de la presidenta no necesariamente frenarán el impulso de Trump.

Copa del Mundo: Sí, el deporte también es política. Estados Unidos será anfitrión y la pregunta es cómo recibirá a millones de visitantes en pleno clima antiinmigrante. ¿Qué filtros habrá en aeropuertos? ¿Qué papel jugará ICE? ¿Cómo se manejarán protestas y tensiones en sedes?

En 2025 el mundo giró alrededor de Trump. En 2026 la historia apunta a que esto mismo se repetirá. Feliz fin de año. Y, dado lo anterior, a abrocharnos el cinturón.

Columna publicada en El Universal

El diccionario Oxford eligió “rage bait” como palabra(s) del año 2025. Su traducción al español sería más extensa que dos palabras: generar contenido diseñado para provocar enojo y polarización y, de paso, comentarios y clics. Creo que el concepto no es una rareza lingüística. Es el retrato de una época donde la indignación se ha vuelto la moneda más líquida. Lo trágico es que, en redes, el enojo no se sanciona, se premia.

Pero además, el “rage bait” ya no es solo un truco de influencers. Liderazgos en todo el mundo han descubierto que la rabia es un combustible eficaz que une tribus, simplifica problemas complejos y convierte al adversario en un villano perfecto. Como toda gasolina, incendia. El tema es que lo hace primero afuera, pero lo que estamos viendo es que también incendia adentro.

México lleva años probando esta fórmula. La polarización como arma electoral se consolidó desde 2006 y como forma de gobernar, desde 2018. El giro interesante es que el enojo que se azuza hacia “los otros” empieza a buscar culpables dentro del propio poder. En Morena se asoman fisuras importantes. Está el bloque de López Obrador y los suyos; el grupo de la presidenta Sheinbaum, con García Harfuch en Seguridad; Ramírez Cuéllar en el legislativo y Godoy en la Fiscalía; y un tercer bloque, el de Monreal-Pedro Haces, que se mueve con agenda propia.

De estas fisuras hemos visto surgir fuegos amigos a través de filtraciones, acusaciones cruzadas, y escándalos que exhiben incongruencias con la narrativa de austeridad y honestidad. No es que antes no existieran tensiones; es que ahora se ventilan, se viralizan y se usan como armas internas. El rage bait, aplicado a la política doméstica, está mostrando que termina siendo un bumerán.

En Estados Unidos, el laboratorio del enojo se llama Trump. El presidente y su ecosistema convirtieron la irritación digital en identidad política y se han beneficiado de ésta desde el primer mandato del presidente. Pero el rage bait parece que no distingue lealtades. En la reciente AmericaFest de Turning Point USA, fundada por Charlie Kirk, varias figuras del universo MAGA se atacaron entre sí desde el escenario. Ahí estuvo el vicepresidente JD Vance, los experiodistas Tucker Carlson y Megyn Kelly, y la viuda de Kirk, Ericka, entre otros. Todos estuvieron más ocupados en golpearse entre ellos, ya sea por las posturas hacia el conflicto Israel-Gaza o por quién manda dentro de MAGA que en pegarles a los demócratas o en hacer propuestas para su movimiento. Se dijeron oportunistas, se descalificaron en público y uno llegó a llamar ‘cáncer’ a otro. Fue una escena inusual incluso para un movimiento acostumbrado al pleito como espectáculo. Lo que quedó claro es que el fuego que han aventado por años en el ecosistema político-digital ya no solo se dirige hacia el enemigo externo, se canibaliza hacia adentro.

México y EUA, de nuevo, con escenarios políticos paralelos.

Ante el enojo creciente, con algoritmos que lo empujan y políticos que buscan aprovechar ambos, me pregunto ¿hasta cuándo se puede seguir gobernando a punta de indignación? ¿podrá ser esta estrategia un bumerán para quienes han decidido lanzarla?

Hoy sabemos que la factura de caer en el rage bait, en el contenido diseñado para provocar enojo y polarización, la pagamos nosotros cada vez que premiamos al que polariza con un clic. ¿Podremos regresar a un mundo con menos rabia en la pantalla y más criterio en la vida real? Es la pregunta de cierre que lanzo hoy que es día festivo y tenemos un poco más de tiempo para reflexionar.

Columna publicada en El Universal

Kiev, Ucrania. –  Vine a Ucrania como parte de un grupo de siete periodistas invitados por gobiernos de Europa del Este para entender cómo opera la guerra cognitiva rusa. Llegamos a un país que vive bajo una constante agresión militar, pero también bajo una ofensiva permanente de desinformación. Y justo al llegar, otra historia empezó a desarrollarse en paralelo: la filtración del plan de paz que Steve Witkoff, amigo y asesor de Trump, negoció en privado con Kirill Dmitriev, el enviado de Putin en EUA. De ahí surgió un borrador de 28 puntos que provocó un terremoto político.

La negociación ignoraba a dos actores esenciales: Ucrania, el país invadido, y Europa, el continente donde se lleva a cabo esta guerra. Marco Rubio tuvo que viajar a Ginebra para reunirse con Andriy Yermak, la mano derecha de Volodymyr Zelensky, y tratar de afinar un documento que aquí, en Kiev, se percibió más como rendición que como propuesta de paz.

Lo que siguió fue una carrera a contrarreloj porque Trump le puso de ultimátum a Zelensky aceptar el acuerdo antes de mañana, Día de Acción de Gracias en EUA. Mientras se criticaba el plan original por premiar al agresor al pretender que Ucrania cediera territorios y pasando por alto crímenes de guerra, secuestro y rusificación de niños y detenciones ilegales, surgió un nuevo esfuerzo europeo. Bruselas, junto con Kiev, elaboraron un plan alternativo que busca corregir los excesos del borrador inicial y evitar que la paz se negocie como si fuera una transacción inmobiliaria entre Washington y Moscú.

El último borrador deja fuera las concesiones más favorables al Kremlin y pospone los asuntos sensibles —territorio y garantías de seguridad— para una decisión directa entre Trump y Zelensky. Kiev, sin embargo, parece que ya aceptó un punto delicado: limitar el tamaño de su ejército a 800 mil elementos, algo que en un principio me habían dicho en el Ministerio de Asuntos Exteriores que por ningún motivo aceptarían. Lo definieron como una línea roja.

Los ucranianos están actualmente empujando una reunión a puerta cerrada en Mar-a-Lago, sin prensa, convencidos de que Florida sería más productivo que La Casa Blanca, en donde ya sabemos lo mal que le fue a Zelensky.

Entre conferencias, refugios antiaéreos y noches interrumpidas por alarmas, Ucrania sigue negociando su supervivencia. Esta guerra, me repiten una y otra vez, es existencial. Si Rusia deja de pelear, la guerra termina. Si Ucrania deja de pelear, Ucrania desaparece.

En estos días me ha tocado pasar noches sin dormir para correr a refugios cada vez que suena la alerta de ataques aéreos. Me ha impresionado como los ucranianos siguen levantándose después de cada noche de bombardeos para ir a trabajar, llevar a los hijos a la escuela y reconstruir lo que la guerra les arrebata.

La paz está sobre la mesa. Pero a pesar del cansancio de casi cuatro años de invasión, los ucranianos no la quieren a cualquier precio.

Apostilla 1: Estados Unidos no tiene amigos, tiene intereses. Y el caso de Ucrania es el ejemplo más reciente. Si el primer borrador de “Plan de Paz” hubiera avanzado, habría implicado ceder territorio al agresor, ignorar crímenes de guerra y aceptar el secuestro y la rusificación masiva de niños ucranianos como si fuera un daño colateral negociable. Pero Trump habría logrado acceder a las utilidades de los fondos rusos confiscados que están en Bruselas. Y para él, ese negocio bien vale la pena…aun si implica premiar a Putin.

Apostilla 2: Con todo este ir y venir diplomático sigo pensando que Putin no quiere la paz. No va a frenar hasta no aniquilar a Ucrania. Así sigan muriendo miles.

Columna publicada en El Universal

En su libro Los ingenieros del caos, Giuliano Da Empoli abre con una cita de Woody Allen: “Los malos saben algo que los buenos claramente desconocen”. Hoy me parece que esta frase describe perfectamente lo que acaba de suceder en Washington con el cierre del gobierno de Estados Unidos y la capitulación de los demócratas para reabrirlo a cambio de…NADA.

Tras 41 días dolorosos para muchos ciudadanos por el cierre del gobierno federal, el Senado estadounidense aprobó una resolución para reabrir con el voto decisivo de ocho senadores demócratas que rompieron filas y votaron con los republicanos. ¿Por qué avalaron tal retirada política sin negociar mantener la extensión de subsidios sanitarios del Affordable Care Act (Obamacare) que fue el motivo por el cual se cerró el gobierno?

En un momento en que los republicanos acababan de sufrir un fuerte golpe electoral el 4 de noviembre que incluso llevó a Trump a admitir que los malos resultados de su partido se debían al shutdown, los demócratas doblaron las manos.

El cierre provocó despidos de trabajadores, recortes de servicios, caos en aeropuertos por escasez de controladores que llevó a la cancelación de miles de vuelos y un golpe reputacional para Trump que empezó a erosionar la imagen del Presidente. En el índice RealClearPolitics, que aglutina las principales encuestas políticas, solo un 32 por ciento de los estadounidenses siente que el país va por buen camino. Y la aprobación de Trump bajó a los suelos para colocarse por primera vez hasta un 42 por ciento, con la desaprobación del 54 por ciento. Por primera vez parecía que el teflón de Trump sufría un buen raspón.

Y es que mientras millones de estadounidenses sufrían el cierre y sus consecuencias, como la falta de ayuda alimentaria o los vuelos cancelados, Trump se dedicaba a remodelar La Casa Blanca con un salón de baile de cientos de millones de dólares y a pasársela en la frivolidad en Mar‑a‑Lago.

Trump empezaba a reconocer el daño y por ello les pidió a los republicanos que reabrieran pronto el gobierno, pero no accediendo a negociar con los demócratas, sino buscando cambiar la regla del filibusterismo en el Senado que obliga a juntar 60 votos para aprobar el presupuesto.

El acuerdo para reabrir, aprobado en el Senado y que hoy se votará en la Cámara de Representantes, simplemente financia el gobierno hasta el 30 de enero de 2026 y posterga la decisión sobre los subsidios del Obamacare hasta diciembre. Esto dejó al Partido Demócrata con las manos vacías en un momento de ventaja electoral, mientras el presidente Trump recupera aire y legitimidad.

¿Por qué doblaron las manos los demócratas justo cuando traían buen momentum?  Y ¿Por qué lo hicieron a cambio de nada?

Supongo que tiene que ver con que, como dijo Woody Allen, los malos saben algo que los buenos claramente desconocen. Los “malos”, o los que como Trump, usan las reglas del juego sin escrúpulos, operan sabiendo lo que los “buenos” no contemplan: el desgaste, el tiempo como arma, la rendición que se convierte en derrota. Los “buenos”, por su parte, actúan con causa y convicción, pero sin una lectura estratégica del tablero.

Parece que, como en México, en EUA también está en serios problemas la oposición.

Columna publicada en El Universal

México está ubicado junto a Texas y sus enormes reservas de gas natural. ¿Por qué, entonces, los mexicanos no cuentan con mejor infraestructura de ductos para aprovechar este privilegio que otorga la geografía?

Esto fue, palabras más palabras menos, lo que planteó hace unos días el exembajador de Estados Unidos en México y hoy subsecretario de Estado, Christopher Landau, durante el Concordia Summit en Nueva York. A su lado estaba François Poirier, CEO de TC Energy, compañía canadiense de infraestructura energética que desde hace casi un siglo opera ductos, instalaciones de almacenamiento y plantas de generación en Norteamérica. Landau recordó que desde su paso por la embajada, en tiempos de AMLO, ha hecho esta pregunta al gobierno mexicano. Y nada ha cambiado.

Poirier habló entonces del ducto submarino que TC Energy construye junto con la CFE en el sureste: el proyecto Puerta al Sureste. Este transportará gas natural desde Tuxpan, Veracruz, hasta Coatzacoalcos y Paraíso, Tabasco. Landau celebró que al fin se hiciera algo en esa región: “Nunca entendí por qué López Obrador se quejaba tanto de la falta de desarrollo en el sureste y, al mismo tiempo, dejaba pasar estas oportunidades para México. Los mexicanos hablan de desarrollar el sureste, justo Tabasco. La energía es catalizador del desarrollo y del crecimiento, pero no hacen nada por mejorar su infraestructura. Necesitan proyectos de infraestructura”, insistió Landau.

Poirier remató: gracias a ese proyecto conjunto, el abasto de gas natural en la zona podría duplicarse. Y, con la inversión adecuada, México podría volver a duplicarlo después.

Puerta al Sureste es un ejemplo claro de los beneficios de la integración energética en Norteamérica. Esta infraestructura clave fue posible gracias a una alianza entre una empresa canadiense, TC Energy, y el gobierno de México, a través de la CFE, para llevar gas natural estadounidense al sureste del país.

Este tipo de proyectos deberían de ser música para los oídos para la presidenta Sheinbaum en un momento tan complicado en las relaciones con Estados Unidos, donde Trump amenaza con cerrar fronteras e imponer aranceles.

En especial cuando la presidenta Sheinbaum ha reiterado que dentro del Plan México está la necesidad de aumentar la autosuficiencia energética como paso estratégico hacia la seguridad y la sostenibilidad. Coincido. Pero sin infraestructura esa meta es imposible.

En el Foro Energético que se llevó a cabo hace unos días en el Senado, Víctor Rodríguez Padilla, director general de Pemex, dijo que el gas natural “es más importante que el petróleo y que el aceite, porque es el combustible de la transición: nos permite tener generación eléctrica con muy alta eficiencia. El gas convertido en electricidad es lo que sostiene a la economía mexicana”.

Las reservas nacionales de gas natural son significativas, pero no de acceso inmediato. De hecho, la producción cayó 35 por ciento entre 2010 y 2024. Nuestra capacidad está limitada. Por eso es urgente pensar en un plan energético de Norteamérica. No como dádiva de Estados Unidos, sino como integración que beneficie a los tres países: México, Estados Unidos y Canadá.

El modelo debería de ser claro: TC Energy pone la infraestructura; EUA, el gas natural; y México, la ventana para usarlo y exportarlo. Así ocurrió ya con el proyecto Altamira LNG, en Tamaulipas, desde donde New Fortress Energy comenzó a enviar gas a Europa. Dado que EUA carece de terminales de gas natural licuado en la costa oeste, México ha sido su vía hacia Asia.

La pregunta, entonces, es inevitable: ¿Vamos a aprovechar de verdad estas oportunidades que nos presenta le geografía?

Columna publicada en El Universal

Aunque Tyler Robinson, el asesino de Charlie Kirk, es un joven blanco que creció en una familia mormona conservadora de Utah, el presidente Donald Trump y sus cercanos insisten en presentarlo como un universitario “envenenado” por la extrema izquierda. La narrativa busca convertir el asesinato en munición política: señalar a los liberales como responsables morales y justificar un endurecimiento contra sus opositores.

Hasta ahora no hay evidencia de que Robinson actuara por convicciones progresistas. Más bien, las pistas apuntan a una radicalización alimentada en la oscuridad de foros digitales y servidores de Discord. Las frases que grabó en los casquillos de sus balas —“Hey, fascist! catch!”, “Bella Ciao”, el insulto burlesco “if you read this you are gay lmao” y referencias a memes como “OwO what’s this?”— son más que grafitis grotescos. Revelan una mezcla tóxica: provocación adolescente, cultura de internet y hostilidad política que se funden en un mismo acto. Al marcar sus balas, Robinson no solo planeaba matar; quería comunicar, dejar rastro, sembrar memes junto al crimen para asegurar notoriedad en línea.

Este patrón no es nuevo. El año pasado Luigi Mangione grabó mensajes similares antes de asesinar al CEO de UnitedHealthcare. En Estados Unidos y más allá, los asesinos virales ya no son anomalías: son síntomas de una era donde la violencia digital traspasa pantallas. Lo advirtió el gobernador de Utah al anunciar la detención: “Apaguen sus dispositivos, salgan al jardín, abracen a un familiar”. Su exhorto es tan obvio como insuficiente frente a un ecosistema donde casi cualquiera puede comprar un arma de asalto con la misma facilidad con la que descarga un videojuego.

En lugar de abordar este fenómeno —la incubadora digital de resentimiento y su salto al mundo físico— Trump y figuras como Elon Musk o J. D. Vance han optado por otro camino: usar el asesinato como pretexto para silenciar. El propio Trump ha prometido investigar a grupos de izquierda, clasificarlos como terroristas domésticos y, en un giro extraordinario, aplicar la ley RICO (Racketeer Influenced and Corrupt Organizations Act, de 1970) contra donantes progresistas como George Soros y fundaciones liberales como Open Society o Ford Foundation, acusándolos de financiar protestas o tejer conspiraciones. RICO nació para desmantelar a la mafia; utilizarla para perseguir activismo o periodismo es una mordaza política que amenaza la Primera Enmienda.

El riesgo es evidente: distraer a la opinión pública del verdadero problema —la violencia que germina en los rincones digitales— y normalizar un uso autoritario del poder. Charlie Kirk, el rock star de MAGA, construyó su fama impulsando debates encendidos y defendiendo la libertad de expresión. Usar su muerte como excusa para acallar voces es lo opuesto a lo que, paradójicamente, predicaba.

La mordaza que podría avecinarse en nombre de Kirk no solo será brutal: marcará un precedente peligroso donde las balas no solo matan, también dictan quién puede hablar.

Columna publicada en El Universal

Era evidente que la presidenta saldría a desmentir a la DEA. Desde el caso Cienfuegos en 2020, México cerró la puerta a operaciones de agencias extranjeras con una reforma que limitó la actuación de agentes foráneos y les retiró inmunidades. AMLO calificó la detención del exsecretario de la Defensa como una intromisión inaceptable en los asuntos de México. Ese choque dejó cicatrices en la cooperación.

El 18 de agosto, la DEA difundió un comunicado sobre el llamado “Proyecto Portero”. Lo describió como una iniciativa bilateral para golpear a los operadores de los cárteles —los porteros de las rutas— y frenar el flujo de fentanilo hacia Estados Unidos, con un componente de entrenamiento e intercambio de inteligencia en la frontera suroeste. El lenguaje sugería un nuevo nivel de coordinación con México.

La respuesta de Claudia Sheinbaum fue tajante: no existe acuerdo alguno con la DEA. Explicó que lo único que ocurrió fue un taller en Texas al que asistieron cuatro policías mexicanos y subrayó que cualquier entendimiento se negocia con el Departamento de Estado, no con una agencia. La presidenta aclaró que toda cooperación respetará la soberanía y que cada país operará en su propio territorio. No solo desinfló la narrativa del operativo conjunto, también marcó los límites institucionales.

Vale recordar que, a diferencia de su antecesor, el gabinete de seguridad de Sheinbaum, encabezado por Omar García Harfuch, ha buscado recomponer canales con Washington. Hemos visto extradiciones de alto perfil —incluida la de Rafael Caro Quintero en febrero— y reuniones constantes para coordinar acciones contra el fentanilo. Nada de eso elimina las fricciones históricas, pero sí perfilaba una etapa menos ríspida.

Y es que una cosa es darle un giro a la estrategia de seguridad de AMLO de “abrazos, no balazos” y otra es salir a admitir que hay nuevos abrazos, pero que estos son ahora con la DEA.

Por eso sorprendió el autogol de la DEA. Si “Portero” pretendía cubrir entrenamientos y flujos de información, venderlo como operación binacional fue innecesario y tóxico. En un país celoso de su soberanía y con Fuerzas Armadas empoderadas, las palabras importan tanto como los hechos: llamar operativo a un taller es encender alarmas de forma innecesaria.

Sheinbaum defendió su cancha y la DEA confundió el silbatazo de inicio con el gol. El riesgo es que los criminales aprovechen la distracción para seguir anotando. La tarea ahora es simple —aunque no sencilla—: menos ruido, más resultados; menos comunicados rimbombantes, más casos armados. Porque si la cooperación tropieza en la forma, pierde en el fondo.

Sheinbaum busca un punto medio entre lo que hizo AMLO y su gobierno. Quiere reabrir válvulas útiles sin ceder control. Por eso insiste en un acuerdo con La Casa Blanca que fije principios —soberanía, respeto territorial y coordinación sin subordinación— y ordene los canales. En ese marco, “Portero” solo tendría sentido como intercambio de información y capacitación; la ejecución, cada quien en su cancha.

En la relación México–Estados Unidos las palabras son política pública. Exagerar un taller como operación conjunta desata desacuerdos. La ruta, que debería de entender bien la DEA, es discreción operativa, métricas compartidas y mensajes sobrios que no regalen el balón a los cárteles.

Columna publicada en El Universal

Dicen que hay dos cosas imposibles de ocultar: el amor y el dinero. En Estados Unidos, el ruido de la familia Trump es ensordecedor. Esta semana, David D. Kirkpatrick, de The New Yorker, calculó que desde su regreso a la Casa Blanca los Trump han generado alrededor de 3 mil 400 millones de dólares en ganancias ligadas a la presidencia. ¿Cómo lo hicieron y por qué no es un escándalo?

Antes de 2016, la Organización Trump vendía sobre todo el uso de su nombre. En su primera presidencia prometieron no abrir “nuevos negocios” que implicaran conflictos de interés. La segunda llegada a Washington cambió el guion. Con deudas legales, menos ingresos por licencias y urgencia de liquidez, el clan convirtió cada activo y cada evento en caja registradora.

Mar-a-Lago se volvió la “Casa Blanca de fin de semana”: elevó cuotas de inscripción hasta el millón de dólares y capitalizó mítines, cenas y reuniones con donantes. Las campañas y comités han gastado millones en hoteles y campos de golf del propio Trump, y además operan una tienda de mercancía política. Fuera del país, los acuerdos de licencias en el Golfo Pérsico —impensables sin la presidencia— rebasan los cien millones.

El capítulo más lucrativo es en cripto. World Liberty Financial, el vehículo familiar, atrajo inversiones de alto perfil —incluido el magnate chino Justin Sun y capital emiratí— y lanzó un token de “gobernanza” y un stable coin que se benefician del aura presidencial. A eso se suman el memecoin $TRUMP (y su versión $MELANIA), que han dejado ganancias de cientos de millones.

¿Por qué no estalla como escándalo nacional? Primero, porque en la cultura política estadounidense el éxito económico se ve con admiración. Segundo, porque, hasta ahora, no hay acusaciones firmes de desvío directo de recursos públicos: hay explotación al límite de vacíos éticos y legales. Y tercero, porque el sistema de contrapesos ha normalizado la mezcla entre política, negocio y espectáculo: si se eleva la cuota de Mar-a-Lago o se vende una gorra con la firma presidencial, buena parte del país lo ve como parte del show.

En México la música suena distinta. Aquí, mientras se sataniza el éxito privado desde el discurso, se tolera la ostentación en círculos oficiales: Andy López Beltrán admitió vacaciones en Japón y alegó espionaje; Mario Delgado fue fotografiado en Portugal y dijo que pagó con sus recursos; y Ricardo Monreal defendió su peregrinación por España. Al mismo tiempo, el directivo aduanero Alex Tonatiuh Márquez fue exhibido por relojes de alta gama y por la compra de un penthouse en Polanco no visible en su declaración patrimonial; y la dupla de Sergio Gutiérrez Luna y la diputada del PT Diana Karina Barreras presume bolsas y joyas de lujo. Luisa María Alcalde pidió a sus dirigentes no exhibir opulencia. El punto no es prohibir vacaciones ni consumo, sino la incongruencia con el discurso de sobriedad que el propio movimiento convirtió en bandera.

La comparación no absuelve a nadie. En Estados Unidos, la actual presidencia-empresa erosiona la idea republicana. En México, la opacidad patrimonial de servidores públicos destruye la confianza democrática. Lo que distingue a una y otra práctica no es la ética, sino la ruta del dinero: allá, la marca personal convertida en negocio; aquí, el poder público convertido en patrimonio privado.

Lo mínimo exigible, a norte y sur, es trazar líneas claras. Para los Trump: reglas que impidan monetizar la oficina desde el día uno —fideicomisos ciegos reales y prohibiciones efectivas de negocios con gobiernos extranjeros—. Para los nuestros: declaraciones patrimoniales auditables y sanciones ejemplares. El amor quizá siga siendo difícil de esconder; el dinero, por lo menos el público, que vuelva a ser rastreable.

Columna publicada en El Universal

Florida, EUA.— Hace un mes el gobernador de Florida, Ron DeSantis, cedió al presidente Donald Trump la pista aérea abandonada de Ochopee, en los Everglades, para abrir un centro de detención que sus promotores llaman “Alligator Alcatraz”. El objetivo, admiten, es simple: aterrorizar al migrante para que se auto-deporte.

 Treinta días después, la crueldad es palpable. Al menos cien personas ya fueron expulsadas en vuelos opacos, según la ACLU, una asociación defensora de los derechos y libertades individuales garantizados por la Constitución de Estados Unidos. Quienes aún duermen en carpas sobre pasarelas de madera narran historias de calor sofocante, muy poca comida y la imposibilidad de hablar con un abogado: sus nombres ni siquiera figuran en los registros de ICE. La alcaldesa de Miami-Dade, Daniella Levine Cava, pidió visitar la instalación pero recibió dos negativas porque ni el estado ni el gobierno federal reconocen responsabilidad.

El Arzobispo de Miami, Thomas Wenski, ha buscado poder proveer servicios religiosos a los detenidos y también se ha topado con pared. Ante la pregunta ¿quién manda aquí?, Tallahassee apunta a Washington y Washington responde que es asunto estatal.

Ese limbo jurídico se refleja también en la imagen: torres de vigilancia improvisadas, cercas metálicas y pantano hasta donde alcanza la vista. La promoción de los cocodrilos no es inocente: en el sur de EUA esa bestia ha sido símbolo racista desde el fin de la Guerra Civil; hoy se reutiliza pero para deshumanizar al migrante.

Florida es uno de los estados de mayor recepción de migrantes. La descripción que he encontrado aquí sobre el Alcatraz de los Cocodrilos es que es un lugar que deshumaniza a los migrantes y que busca normalizar el odio y una retórica de violencia. De hecho, ONGs que trabajan ayudando a migrantes piden que no se use ese nombre propagandístico y se le llame por lo que es: un centro de entierro (la traducción exacta de internment center).

Las protestas crecen. Carteleras sobre la autopista 836 muestran la leyenda Not in our name (No en nuestro nombre). Parroquias recolectan agua y bloqueador para los detenidos; ambientalistas advierten que el diésel de los generadores del centro de detención está contaminando estos manglares que son tan importantes para la diversidad del ecosistema.

Todo esto de un lado, pero los defensores de la mano dura replican que “no es un hotel”. Alcatraz busca normalizar la barbarie.

Lo peor es que todo indica que esto es apenas el comienzo. Para alcanzar la meta de detener a 3 mil personas al día, La Casa Blanca desvió fondos de FEMA, la agencia dedicada a la atención de emergencias por desastres naturales, para el manejo de este centro en Florida y dará dinero a otros estados para que puedan detener a más migrantes. Por su parte el Pentágono adjudicó un contrato de mil 260 millones de dólares a Acquisition Logistics para levantar un megacampo de detención de cinco mil camas en la base de Fort Bliss, en El Paso, Texas. Al mismo tiempo, Florida licita otro centro en Camp Blanding con capacidad para 2 mil detenidos.

La narrativa oficial presume eficacia; la realidad huele a miedo. En Alligator Alcatraz los reptiles son parte del espectáculo, pero el mensaje central es causar miedo a quienes han buscado El Sueño Americano.

Columna publicada en El Universal

Claudia Sheinbaum llegó a Palacio Nacional acompañada de un equipo que no escogió: la guardia pretoriana que Andrés Manuel López Obrador dejó estratégicamente acomodada antes de mudarse a Palenque. Ahí están las ex corcholatas —Gerardo Fernández Noroña y Adán Augusto López en el Senado, Ricardo Monreal en San Lázaro— y, como cereza en el pastel, su hijo Andrés Manuel López Beltrán, flamante secretario de Organización de Morena. Con semejante corte, el poder que Sheinbaum recibió llegó en versión compartida, empaquetado con candados y vigilantes que le recuerdan quién es el verdadero patriarca.

Desde la campaña se repite que, tarde o temprano, la presidenta tendrá que dar un “manotazo” para adueñarse de la silla. Ernesto Zedillo se estrenó encerrando a Raúl Salinas para emanciparse de Carlos Salinas; el propio Salinas hizo lo mismo con Joaquín “La Quina” Hernández Galicia. La duda es si veremos un golpe similar o si Sheinbaum apostará por la erosión pasiva: quedarse quieta y permitir que las piezas heredadas se autodestruyan.

Andy López Beltrán ofrece la primera evidencia. Su deficiente operación en las elecciones de junio significó derrotas en Durango y Veracruz. Dolido, subió un video exigiendo que lo llamen Andrés Manuel —como si el nombre garantizara oficio— y, para colmo, se ausentó de la sesión extraordinaria de Morena el pasado fin de semana porque, dicen, estaba de vacaciones. Vacaciones: esa palabra que no existe en el diccionario de su padre.

Ricardo Monreal tampoco asistió. Alegó asuntos familiares, pero las redes lo fotografiaron en el restaurante del Villa Magna en Madrid. Derecho tiene, faltaba más; sin embargo, su gusto por el lujo lo deja vulnerable frente a la austeridad franciscana que predica la 4T y contrasta con una presidenta que, pudiendo, prefiere pasar los fines de semana de gira acumulando kilómetros —y poder— en los estados.

Y llegamos a Adán Augusto. El senador quedó herido de muerte cuando su exsecretario de Seguridad en Tabasco, Hernán Bermúdez Requena, fue acusado y se dio a la fuga. Los Guacamaya Leaks describen a Bermúdez como líder de la célula “La Barredora”. Ayer, Omar García Harfush informó que se le busca por asociación delictuosa, extorsión y secuestro. ¿Podemos creer que López Hernández ignorara las andanzas de su lugarteniente si él mismo exigía que Felipe Calderón conociera los vínculos de Genaro García Luna con el narcotráfico, so pena de complicidad?

Para Washington, siempre dispuesto a ver la mano del narco detrás de los gobiernos de Morena, el escándalo es gasolina pura. Las raquíticas porras de “¡No estás solo!” que recibió Adán en la convención partidista envían un mensaje devastador: el partido hegemónico arropa a un político bajo sospecha, exactamente la narrativa del Secretario de Estado nortemaericano, Marco Rubio y del presidente Donald Trump.

La mesa, pues, está servida para que el manotazo ocurra casi sin que la presidenta mueva un dedo. Entre la indisciplina de los alfiles que heredó y la longitud de sus respectivas colas, Sheinbaum puede acomodarse cómodamente en la silla principal si sabe leer —y aprovechar— el momento.

Solo falta que quiera. Tendrá que decidir si desplaza con sutileza el poder que todavía se reparte desde Palenque o si se resigna a convertirse en una presidenta provisional, al estilo de Emilio Portes Gil, Pascual Ortiz Rubio y Abelardo Rodríguez, quienes permitieron que Plutarco Elías Calles siguiera mandando mientras ellos firmaban los decretos.

Columna publicada en El Universal

El estilo pendular de Donald Trump en materia arancelaria lo estamos viendo ahora en su política migratoria. Primero promete mano dura; luego recula cuando la economía se complica y, al primer aplauso de su base, vuelve a tensar la cuerda.

Primer acto: redadas en Los Ángeles.
Más de 800 agentes de ICE irrumpieron en fábricas, hoteles y restaurantes al amanecer. Fox News y los aliados de MAGA – entre ellos el mismísimo Elon Musk ya con la cola entre las patas por el pleito de hace unos días – suben en sus pantallas y en las redes sociales fotos de patrullas encendidas y banderas mexicanas ondeando. Esto le permitió a Trump proclamarse como el “presidente de la Ley y el Orden” y señalar al gobernador de California, Gavin Newsom – el más fuerte contendiente del partido demócrata hacia las elecciones de 2028 – como cómplice de “ilegales”. Los duros de La Casa Blanca, Stephen Miller y Tom Homan, estaban felices con estas imagenes que les permiten asuzar sus propias banderas xenófobas y racistas.

Segundo acto: la economía al rescate.
Empresarios agrícolas y hoteleros buscaron a Trump para decirle que se estaban quedando sin trabajadores. Y es que tan solo en California hasta 60 por ciento de los jornaleros faltó al trabajo tras la primera ola de redadas; la cosecha de cítricos en Florida cayó y los restaurantes de Nevada cerraron turnos. La Secretaria de Agricultura, Brooke Rollins, logró que Trump se diera cuenta de la inflación alimentaria que vendría si seguían las redadas. Trump reculó y pidió a ICE frenar operativos en los sectores críticos de servicios y agricultura.

Tercer acto: giro dominical.
Sólo días después, Trump escribió en Truth Social que las redadas se reanudaban y apuntarían a Los Ángeles, Chicago y Nueva York, a las que describió como bastiones demócratas que roban elecciones.

Tras bambalinas, el gabinete se sacudió. Mientras la Secretaria Brooke Rollins ruega clemencia para el campo, Stephen Miller exige un millón de deportaciones en 2025; y Trump, que suele actuar a partir de la última voz que escucha, reescribe el guion cada semana.

¿Puede realmente deportar a millones? El Departamento de Homeland Security reconoce más de diez millones de indocumentados. Deportar a un 10 por ciento obligaría a duplicar jueces, centros de detención y agentes. Se entiende que el “Big, Beautiful Bill” de Trump contempla un aumento masivo de presupuesto para llevar a cabo las deportaciones, así es que las cosas podrían complicarse si Trump se empeña en ello. No obstante, hay una ironía, las ciudades santuario que Trump quiere vaciar aportan una cuarta parte del PIB nacional y dependen de esa misma fuerza laboral.

Así regresamos al acrónimo que mejor describe la saga: TACO Trump —Trump Always Chickens Out, (Trump siempre se acaba echando para atrás). Cada amenaza refuerza su imagen de “duro”; pero cada repliegue expone su dependencia de la economía que dice proteger.

Gavin Newsom lo pintó en estos días como incoherente: un presidente incapaz de cuadrar seguridad con prosperidad. El asunto aquí es que el vaivén deja a los indocumentados en un limbo de terror intermitente; a los productores elaborando planes de contingencia y a los consumidores sin saber qué va a pasar con los precios de mucho de lo que consumen.

De aquí a 2028 seguiremos atrapados en esta telenovela de redadas y retractaciones de Trump. Lo que me lleva a preguntar ¿cuál es el Plan B del gobierno mexicano ante la disminución previsible de las remesas y el cierre de la válvula de escape que ha sido la migración?

Columna publicada en El Universal

Era cuestión de tiempo. Nadie debería sorprenderse y, sin embargo, somos muchos —me incluyo— los que estamos saboreando este reality show en tiempo real: Elon Musk contra Donald Trump; la dupla que conquistó Wall Street, Twitter y, de paso, el Despacho Oval, ahora se da con todo en prime time.

El conflicto estalló cuando Trump se molestó porque Musk impulsó al multimillonario Jared Isaacman para dirigir la NASA pese a haber donadomucho dinero a los demócratas. Pero fue en X donde se rompió el disfraz: Musk calificó de “abominación” el Big, Beautiful Bill (BBB) que el Senado votará en estos días —la Cámara de Representantes ya lo aprobó— e instó a sus 220 millones de seguidores a presionar a los senadores para echarlo abajo. El BBB, alega, disparará el déficit y, para colmo, borra los incentivos fiscales a la compra de vehículos eléctricos sobre los que ha construido Tesla. Para Trump, el BBB representa la columna vertebral de su gobierno. De su aprobación depende que le cumpla a sus seguidores sus principales promesas de campaña.

El hecho es que lo que empezó como diferencias presupuestales escaló a vendetta personal. Trump, desencajado, contraatacó: “Lo de Elon se agotó; le pedí que dejara sus atribuciones de adelgazar el gobierno. ¡Se volvió LOCO!”. Musk respondió acusándolo de estar en los archivos del depredaro sexual, Jeffrey Epstein; pidió revocar la presidencia a la que —presumió— nunca habría llegado sin su ayuda y, para rematar, vaticinó recesión por los aranceles trumpistas.

La popularidad no es el fuerte de ninguno, pero los números hablan: el índice fav/unfav de Musk es –13.8; el de Trump, –3.7, según Nate Silver. Es decir, Trump es “menos impopular”. Y Musk arriesga más: un reporte de la congresista Elizabeth Warren estima que, en 130 días de trumpismo, regulaciones a modo y contratos para Tesla, Neuralink, X y SpaceX hicieron crecer su fortuna en más de cien mil millones de dólares. Trump ya amagó con cerrar la llave si el pleito sigue.

Herido, Musk coquetea con fundar un nuevo partido. Eso fracturaría la base MAGA justo cuando muchos simpatizantes constatan que la “era dorada” sólo ha beneficiado a los amigos billonarios del presidente, mientras al estadounidense promedio le suben los precios y le bajan los empleos. Para Trump, el dinero que Musk meta —o saque— en las intermedias y el uso que dé a X son amenazas reales.

Cada uno sostiene la dinamita cerca de su pólvora. Si fueran racionales —virtud escasa en ambos— enfriarían el conflicto y volverían a una relación meramente transaccional: tú lanzas cohetes, yo te otorgo contratos. Musk ya borró varios tuits y se alineó con Trump en los disturbios de Los Ángeles; mientras tanto, en la Casa Blanca abundan halcones —Srio del Tesoro, de Estado, Stephen Miller, Steve Bannon— que no quieren ver a Musk de regreso en el círculo íntimo de Trump.

La guerra de titanes involucra mucho poder y mucho dinero. Los dos tienen capital de sobra pero cuando de calmar los ánimos se trata, a ambos les gana usar sus redes sociales como un arma letal. La lucha de titantes seguramente ha dejado muy sonrientes a líderes que se benefician de un Estados Unidos cada vez más caótico como Xi Jinping y Vladimir Putin.

Columna publicada en EL UNIVERSAL

Xi Jinping declaró desde el primer momento que en una guerra comercial no hay ganadores. Aun así su gobierno respondió muy bravucón a la guerra comercial que anunció Trump en su Día de la Liberación con tarifas retaliatorias. Parecía que, sin dejar de lado un escenario complejo, China sería el único país con la economía lo suficientemente fuerte y con el esquema político claramente controlado para enfrentar la furia de Trump. Y es que la dependencia de EUA de las exportaciones chinas es mayor que la dependencia de China de las exportaciones estadounidenses. Ese déficit comercial es parte de la furia de Trump que lo llevó a arrancar esta guerra comercial.

Sin embargo hay datos que muestran la enorme vulnerabilidad de China a la guerra comercial de Trump. Desde ya hemos visto una enorme caída en las exportaciones de China a Estados Unidos. La baja es de 21 por ciento, comparando abril 2024 con mismo mes del 2025. Aun cuando China ha querido diversificar sus exportaciones a otros países, esto no ha sido ni será tan sencillo mientras Trump está negociando acuerdos bilaterales en los que tener comercio con China será una carta que enojará al presidente de EUA.

Por tamaño de población China debería de poder resistir las tarifas simplemente enfocándose en su mercado interno. El problema es que la economía de China está diseñada para vivir de sus exportaciones y manufactura y con un muy débil mercado de consumo interno.

A pesar de ser una potencia exportadora, la economía china lucha con el consumo interno debido a un sistema fiscal que grava fuertemente el consumo (alto IVA/impuesto sobre las ventas) y una red de seguridad social muy limitada (pensiones y seguro de desempleo modestos).

La falta de una red de seguridad social robusta y las pocas opciones de inversión seguras (antes era el mercado inmobiliario pero éste colapsó en el 2021) han llevado a una tasa de ahorro excepcionalmente alta entre la población china que ronda el 40 por ciento de los ingresos.

Así, las negociaciones entre Estados Unidos y China enfrentan dificultades fundamentales porque sus intereses son diametralmente opuestos: EUA busca reducir su dependencia de las exportaciones chinas y fortalecer su industria interna, mientras que China busca aumentar continuamente sus exportaciones para sostener su economía basada en la producción.

Ni uno de los dos países la tiene fácil ya que sus ciudadanos están acostumbrados al escenario actual. Podemos pensar que China puede aguantar más que EUA ya que el estricto aparato de seguridad y la censura del gobierno chino le otorgan una mayor capacidad para sofocar el descontento social y controlar la narrativa sobre los problemas económicos en comparación con países occidentales, pero el escenario no es nada sencillo. Ni siquiera para China.

Apostilla: En México hemos aceptado la corrupción y el cinismo de la clase política. Ver que lo mismo ocurre ahora en EUA, pero además sin el menor empacho de Trump y sus cercanos, no deja de llamar la atención. Como botón de muestra está su reciente viaje a Arabia Saudita, Qatar y Emiratos Árabes Unidos en donde se firmaron acuerdos de inversión y compra de armas, pero también recibió un Boeing 747 de súper lujo para usar como Air Force One mientras es presidente y después pasará a la biblioteca Trump, lo que le permitirá usarlo ya como civil.

El viaje ocurrió a unos días de que los hijos y el yerno del presidente cerraran sus propios negocios en precisamente esos tres países. Entre ellos está la inversión de 2 mil millones de dólares de los Emiratos Árabes a la criptomoneda Trump; mil millones de dólares de Arabia Saudita para el proyecto del Trump International Hotel and Tower en Dubai y un club de golf en Qatar de 5.5 mil millones de dólares que va a tener la marca Trump.

Columna publicada en El Universal

Con base en cómo fue Trump 1.0 muchos han dicho y repetido hasta el cansancio que al presidente hay que tomarlo en serio pero no literal. Ahora que ha impuesto tarifas y sacudido los mercados financieros del mundo, la pregunta es si se debe de seguir aplicando la misma premisa con Trump 2.0.

¿Qué sigue ahora que Trump lleva una semana firme con sus tarifas? ¿Hay que tomarlo en serio y literal? ¿Apostar a que corregirá? O ¿qué estrategia es la mejor para los países y las empresas?

La respuesta a estas preguntas no es sencilla en primerísimo lugar porque no hay claridad ni en Trump ni en su gabinete de qué es lo que buscan con los aranceles. Por un lado tanto el presidente como su Secretario del Tesoro, Scott Bessent, han dicho que son una herramienta de negociación. Pero por el otro, tanto Trump como su asesor en la materia, Peter Navarro y el Secretario de Comercio, Howard Lutnick, han dicho que no son negociables. Que son la respuesta a una emergencia nacional ante décadas en que el mundo ha abusado de EUA.

Lo que ha resultado de estos mensajes contradictorios ha sido una enorme incertidumbre. Y por ello países y empresarios han decidido adoptar distintas posturas.

Por un lado están aquellos que han decidido confrontar a Trump. Ahí en primerísimo lugar está China que, si no hay un arreglo de último minuto, ya desde hoy enfrenta tarifas del 104 por ciento. La apuesta de Xi Jinping es que las tarifas de Trump no son una herramienta de negociación y que llegaron para quedarse. En ese sentido han preferido tomar a Trump en serio y literal y cree que, aun cuando una guerra comercial les cuesta a todos, ellos van a acabar ganando.

En una situación similar está Canadá cuyas tarifas retaliatorias entraron en vigor desde el mes pasado. Europa está en medio. El bloque ha decidido aplicar tarifas retaliatorias en algunos productos pero a la vez ha estado buscando negociar con Trump.

México está cien por ciento en modo negociador. El gobierno de Sheinbaum le apuesta a que México puede lograr colocarse como el país menos dañado en la guerra comercial.

Ha sido muy interesante ver la respuesta de los grandes empresarios estadounidenses. Hasta el momento han optado por no confrontar a Trump pero tampoco parece que le van a dar al presidente lo que él más quiere: mover sus inversiones de regreso a EUA. Hay demasiada incertidumbre.

La apuesta que han hecho hasta ahora es esperar en el corto plazo a ver si el desplome de las bolsas, el incremento de precios a sus consumidores y la presión política de los estadounidenses hace cambiar de opinión a Trump. Si eso no funciona, siempre está el Poder Judicial que podría cuestionar y potencialmente invalidar las acciones del presidente si determina que están basadas en una declaración de emergencia nacional injustificada o ilegal. Recordemos que las tarifas están sustentadas en la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional (IEEPA) que requiere una emergencia nacional válida.

En el mediano plazo está la posibilidad de que los electores le den un revés a los republicanos en las elecciones intermedias y con ello el freno venga del poder legislativo.

Es decir, los empresarios están a la espera de una rampa de salida.

Trump ha sido un político con un teflón fuertísimo. Todo lo que a otros políticos los habría sacado de la jugada, a él no solo no lo ha debilitado, lo ha fortalecido. Este teflón podría muy bien estar basado en que con él le ha ido bien a la economía norteamericana. Ahora que esto esta cambiado ¿se sostendrá el teflón? ¿lo seguirán apoyando miles de estadounidenses al ver que aumentan los precios sin que suban los salarios? ¿le tendrán la paciencia a un Trump que declara desde su campo de golf que no sean débiles, que aguanten la tormenta?

Veremos.

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“La historia no se repite

pero a veces rima”

Mark Twain

 

Llegó el Día de la Liberación en el que deben entrar en vigor desde el primer minuto de hoy aranceles que buscan que EUA se libere de su dependencia a productos hechos en el extranjero.

Para México las acciones de Trump nos colocan en terreno desconocido y peligroso. Cuando Trump llegó a La Casa Blanca la primera vez en 2016, el escenario era, comparado con el actual, maravilloso. Trump anunció una guerra comercial con China y eso hacía de nuestro país el mercado más atractivo del mundo porque somos como China un país manufacturero, por nuestra ubicación geográfica y nuestro acuerdo de libre comercio.

Si, había la amenaza de destruir el TLCAN, pero esto pronto cambió a una renegociación que finalmente funcionó bien y se transformó en el TMEC. Pero ahora la situación es distinta. Estos aranceles por el Día de la Liberación no tienen nada que ver con si México detiene los flujos migratorios, o si logramos un mejor combate al tráfico de fentanilo. Estos aranceles tienen que ver con un Donald Trump que está empeñado en cambiar la lógica del comercio global para regresar a Estados Unidos a una gloria del pasado.

Increíble que con una economía en bonanza; con desempleo en su punto más bajo y con una inflación controlada, Trump hable de que llevará a EUA a una época dorada. Como dicen los americanos: “Cuidado con lo que deseas”. Y es que no hay nada que indique que la medicina que le está dando Trump a la economía vaya a mejorar a un paciente que está en este momento sumamente saludable. Es como querer aplicarle quimioterapia a alguien que no tiene cáncer.

Si volteamos a ver al pasado, ha habido seis momentos desde 1776 en los que EUA ha iniciado guerras arancelarias. Los resultados no fueron buenos y por ello es fácil anticipar que las cosas no pintarán bien ahora tampoco. Las tarifas históricamente han resultado en aranceles retaliatorios, aumento en los precios a los consumidores, daño a varios sectores en especial el agrícola y al final un castigo político para el partido que implementó las tarifas.

Le pasó a John Quincy Adams que perdió frente a Andrew Jackson tras la firma de la ley arancelaria en 1828. Luego le ocurrió al representante William McKinley que tras aprobar la ley que lleva su nombre en 1890, perdió su escaño y su partido, el Republicano, se fue de tener una mayoría de 7 escaños a perder y darle a los demócratas mayoría de 147 asientos en la Cámara de Representantes. McKinley, como dato, es el político al que Trump tanto le gusta referir y en su admiración lo llevó a cambiar el nombre de la montaña más alta de EUA de Denali a Mount McKinley.

También le ocurrió a Herbert Hoover en la elección de 1932 tras haber respaldado la Tarifa Smoot-Hawley de 1930. Perdió frente a Franklin D. Roosevelt que logró arrasar en esas elecciones.

Y si nos acercamos más al presente, en 2018, la guerra comercial de Trump les costó varios escaños a los republicanos en las elecciones intermedias de 2018. Ahora la calificadora Moody’s ha hecho un ejercicio de simulación usando una tarifa universal del 20 por ciento con respuesta retaliatoria de otros países a productos estadounidenses. Esto, de acuerdo con Moody’s, acabaría con 5.5 millones de empleos para llevar el desempleo a 7 por ciento y causaría una caída en el PIB de EUA de 1.7 por ciento.

Ante ese escenario habría sí que hacer algo radical para curar una economía que entonces sí estaría enferma. Por alguna razón estos liderazgos populistas gustan de crear problemas en donde no los hay. En el caso de Donald Trump que está queriendo coquetear, pese a la prohibición constitucional, con un tercer mandato, si se empeña en estas tarifas, el Día de la Liberación puede ser el principio de la liberación, en efecto, pero de él para EUA.

Al tiempo.

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