Carlos Bravo Regidor

1. El lopezobradorismo no es una coalición de izquierdas construyendo Estado. Tampoco es un movimiento popular convirtiéndose, desde el gobierno, en partido político. Es un liderazgo personal movilizando agravios, generando disrupción y concentrando poder.

2. La victoria de López Obrador fue resultado de la volatilidad del electorado mexicano. El lopezobradorismo tiene una base de alrededor de 15 millones de electores que se mantuvo más o menos constante durante doce años pero nunca le alcanzó para ganar. En la coyuntura del 2018, sin embargo, hubo otro tanto del electorado (que había votado por el PAN en 2006 y/o por el PRI en 2012) que terminó recalando en su candidatura. ¿Por qué? Por ser la alternativa de cambio más creíble tras el fiasco del gobierno de Peña Nieto y el desdibujamiento del PAN y el PRD como oposiciones. El colapso del tripartidismo de la transición no fue consecuencia sino causa de la victoria lopezobradorista. Dejó a tantos votantes disponibles para migrar hacia la opción que mejor supo representar su descontento que ahora ya no les queda, bien a bien, a dónde más irse.

3. Los partidos de oposición se han vuelto prácticamente irrelevantes. No solo porque perdieron muchos espacios de poder e influencia. Extraviaron, además, su voz. No tienen liderazgos, no tienen visión, no tienen credibilidad. Carecen de cualquier capacidad para aglutinar a una mayoría social, para interpelar con efectividad al gobierno, para producir un relato alternativo al de la «cuarta transformación». Es difícil exagerar la magnitud y el significado de semejante desfondamiento. Sin un sistema de partidos que dote de sentido a la competencia por el poder y estabilice el conflicto político no hay, no puede haber, democracia que dure.

4. Tenemos un Presidente de poca gestión y mucha gesta. Que actúa pensando en mostrar determinación antes que en dar resultados. Más preocupado por el valor simbólico de sus políticas que por su relación costo/beneficio. Más empeñado en comunicar sus convicciones que en sustanciar sus decisiones. Lo suyo no son los pormenores técnicos de la administración sino la parafernalia épica de la transformación.

5. El creciente papel de las Fuerzas Armadas es el aspecto más desconcertante de estos meses. ¿Qué necesidad tenía el Presidente, luego de ganar con la fuerza que ganó, de empoderar de este modo al Ejército? ¿De encomendarle tantas responsabilidades que no le corresponden? ¿De desnaturalizarlo como una institución de Estado para convertirlo en una agencia multiusos del gobierno? Y, sobre todo, ¿a cambio de qué?

6. El combate a la corrupción se ha instrumentalizado más como arma política que como política pública. El Presidente lo usa para forzar negociaciones, para amenazar veladamente o estigmatizar en público a sus adversarios, para derrotar resistencias, antes que para aplicar la ley, proponer reformas o implementar programas que mejoren la transparencia, la fiscalización o la rendición de cuentas. La retórica anticorrupción es poderosísima. Las medidas concretas al respecto han sido, más bien, escasas y tímidas. La corrupción es una prioridad en el discurso, sin duda, pero no ha sido necesariamente una prioridad en el quehacer del gobierno.

7. Cambiar de Presidente no es cambiar de país. Hay un nuevo grupo en el poder, los mismos problemas estructurales de antes y altas expectativas, quizás, como nunca. Los seis meses de transición fueron eternos. Pero en sentido estricto López Obrador acaba de empezar. Si el sexenio fuera un partido de futbol, hoy estaríamos apenas rebasando el minuto tres. En su discurso inaugural en el Zócalo el Presidente dijo que no tenía derecho a fallar. Tiene, sin embargo, el deber de corregir cuando se equivoca. Y tiene, sobre todo, tiempo. La prisa es la madre del error.

Ana Paula Ordorica es una periodista establecida en la Ciudad de México. Se tituló como licenciada en relaciones internacionales en el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y tiene estudios de maestría en historia, realizados en la Universidad Iberoamericana.



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