Claudia Sheinbaum hizo una pregunta durante su discurso del domingo en el Monumento a la Revolución. Una pregunta que, en realidad, parece revelar más sobre la estrategia política de su gobierno que sobre las intenciones de Estados Unidos.
La Presidenta se preguntó si las investigaciones y acusaciones que han surgido desde cortes estadounidenses obedecen a un interés genuino por ayudar a México o más bien a una motivación política relacionada con las elecciones intermedias que se celebrarán este año en Estados Unidos.
La respuesta es ninguna de las dos.
A Washington no le interesa ayudar a México. Nunca le ha interesado. El interés ha sido explícito durante años, tanto bajo administraciones demócratas como republicanas y es detener el flujo de fentanilo que llega a su país y que provoca decenas de miles de muertes cada año.
Lo que ocurra después con la política mexicana, con nuestros partidos o incluso con nuestra democracia es, para Estados Unidos, un asunto secundario.
Tampoco parece sostenerse la hipótesis electoral. Quien formuló las acusaciones no fue La Casa Blanca ni la campaña de ningún candidato. Se trata de una acusación presentada por un Gran Jurado, integrado por ciudadanos, y basada en investigaciones que comenzaron desde 2023, mucho antes de la actual temporada electoral.
El martes compareció en Nueva York el exsecretario de Seguridad Pública de Sinaloa, Gerardo Mérida, el primero de los acusados en presentarse ante la justicia estadounidense. Durante la audiencia, la jueza determinó que la cantidad de evidencia era tan extensa que la fiscalía necesitará al menos sesenta días para procesarla. Más que cerrar un capítulo, la audiencia pareció abrir uno nuevo.
Por eso llamó la atención el tono del discurso presidencial.
Sheinbaum conoce perfectamente la importancia económica, comercial y estratégica de la relación con EUA. Sabe que alrededor del 80 por ciento de las exportaciones mexicanas tienen como destino ese mercado. Sabe que la revisión del TMEC ocurre en un momento especialmente delicado. Sabe también que buena parte de la inversión extranjera que llega al país descansa sobre la certidumbre que ofrece la integración económica de Norteamérica. Y, aun así, decidió irse con todo contra lo que calificó como una intervención extranjera.
Es posible que en Palacio Nacional hayan concluido que el costo de generar fricciones con Washington es menor que el costo político para Morena que podría producir una cascada de acusaciones, testimonios e investigaciones provenientes de cortes estadounidenses. Estamos pues ante una estrategia preventiva de control de daños. No para México. Para Morena.
Bajo esa lógica, el verdadero peligro no estaría en Washington sino dentro del propio país. En el efecto político que podrían generar futuras revelaciones sobre figuras cercanas al movimiento gobernante. La apelación al patriotismo no es una respuesta a una amenaza externa. Es un mecanismo para administrar una amenaza interna. Por eso el acto del domingo fue mucho más que una celebración de aniversario. Fue la construcción de un marco narrativo para los meses que vienen.
Apostilla: Resulta bastante irónico que mientras denunciaba injerencias externas, ese mismo día Sheinbaum opinó sobre la Primera Vuelta electoral colombiana alineándose con la postura del presidente Gustavo Petro, cuyo candidato, Iván Duque, quedó en segundo lugar y cuestionó la limpieza de las elecciones.
Columna publicada en El Universal