La salud mental de Trump

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15 Apr

La salud mental de Trump

Washington D.C.- La pregunta sobre la salud mental de Donald Trump no es una duda que hoy planteen solo sus adversarios. Ya también la hacen algunos de los que antes lo aplaudían como un genio que juega ajedrez ante un mundo que solo juega damas chinas.

David Owen, excanciller británico y médico, acuño en 2009 el síndrome de hubris. Lo describió como una deformación del carácter provocada por el poder en donde las principales características de quienes lo padecen son la grandiosidad, la obsesión con la imagen, el desprecio por el consejo ajeno, una confianza desmedida, impulsividad y una creciente desconexión con la realidad. En otras palabras, el líder deja de pensar que gobierna y empieza a creerse “el elegido”.

Trump cabe demasiado bien en esa descripción. Habla como si solo él pudiera arreglarlo todo. Convierte cada crisis en un escenario en el que él es el eje desde donde todo gira. Responde a la crítica no con argumentos, sino con humillación y furia. Basta ver su reciente pleito con el Papa León XIV, el primer Papa en haber nacido en EUA, por cierto.

Ahora que ha sido cuestionado por voces de su movimiento MAGA, como Megyn Kelly; Alex Jones y Tucker Carlson, ha reaccionado afirmando en su red social que tienen un bajo IQ; que son estúpidos, locos y busca pleitos. Esa no fue la respuesta de un presidente sereno. Pero la novedad no es el insulto. La novedad es quién lo está diciendo.

Y, sin embargo, todavía hay muchos que defienden al presidente. Para ellos Trump no está mal de la cabeza. Está ejecutando una estrategia. Parecer loco e impredecible le ayuda a asustar al adversario y ganar más durante la negociación. Estas semanas en la que Irán ha demostrado que tiene la fuerza suficiente para arrinconar a Estados Unidos, La Casa Blanca ha argumentado que la retórica dura de Trump, incluyendo su mensaje en Truth Social en la que amenazó con destruir toda una civilización, llevó a Irán a ceder. El problema es que esa defensa tropieza cuando el propio Trump ha dicho que esta vez no estaba fingiendo. Que estaba dispuesto a hacerlo. Ahí la genialidad estratégica empieza a parecer más bien descontrol.

Las encuestas muestran que la duda sobre la salud mental de Trump ha ganado tracción. Un sondeo de Reuters/Ipsos muestra que 61 por ciento de los estadounidenses cree que Trump se ha vuelto más errático con la edad y solo 45 por ciento lo ve mentalmente ágil para enfrentar los desafíos del cargo. En otro de YouGov, el 49 por ciento piensa que sufre algún grado de deterioro cognitivo. Claro que esto no es un diagnóstico clínico, pero sí es un problema político.

Y no es un problema menor. El 18 de marzo Washington y México arrancaron formalmente los trabajos técnicos rumbo a la revisión conjunta del T-MEC. Lo que pase con Trump en los próximos meses puede mover las elecciones intermedias de noviembre. Pero antes de eso veremos a un presidente que querrá mantener la pistola cargada sobre la mesa de negociación con México.

Eso me ha quedado claro ahora que estoy en Washington DC; ahora que veo La Casa Blanca bardeada como nunca y envuelta en tierra y polvo por las múltiples obras que Trump ha decidido hacerle a la residencia presidencial. Esto parece una metáfora del estado actual de la situación en Estados Unidos y de los efectos que esto está teniendo en la relación bilateral y en la geopolítica en general.

La pregunta, entonces, sigue. ¿Está Trump mal de la cabeza o estamos frente a una estrategia genial de intimidación? Ojalá la respuesta fuera irrelevante. No lo es. De ella pueden depender el equilibrio político de Estados Unidos, la relación con México y, en una época de guerras, petróleo caro y líderes desatados, parte del destino del mundo.

Columna publicada en El Universal

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