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A primera vista, Ricardo Salinas Pliego y Bad Bunny no podrían parecer más distintos. Uno es un empresario mexicano que ha hecho fortuna navegando con habilidad quirúrgica el capitalismo a la mexicana. El otro es un músico puertorriqueño que convirtió el reguetón, un género históricamente marginalizado, en la banda sonora global de una generación. Sin embargo, ambos comparten algo fundamental: aprendieron muy bien las reglas del juego en el que decidieron jugar. Y después, supieron cómo romperlas.

Salinas Pliego entendió desde temprano que hacer negocios en México no consiste únicamente en vender productos a plazos. Implica conocer el entramado regulatorio, fiscal y político; saber litigar, acercarse al poder pero también resistir embates del Estado y, cuando es necesario, confrontarlo públicamente. Durante años, ese conocimiento le permitió defenderse con éxito en tribunales, ganar tiempo, imponer narrativas y, sobre todo, no jugar el papel del empresario dócil.

Bad Bunny hizo algo similar, pero en otro terreno. Antes que él estuvieron Luis Fonsi, Daddy Yankee y otros que abrieron camino a la música puertorriqueña en el mainstream. Bad Bunny, aprendió esas reglas. Solo cuando dominó ese lenguaje decidió romperlo. Comenzó a desafiar a la industria tradicional mezclando géneros como pop y reguetón con salsa. Ha usado su música para abordar temas sociales y políticos, desde la gentrificación, los apagones en Puerto Rico y crítica al colonialismo y a políticas migratorias. Ha usando incluso su vestuario, cortes de pelo y maquillaje como una herramienta de identidad y provocación.

Salinas Pliego se ha convertido en una piedra en el zapato primero de AMLO y ahora de Sheinbaum. No tanto por el monto de sus litigios fiscales, sino por que éstos han exhibido la fragilidad institucional del Estado mexicano. Que la presidenta hablara reiteradamente en la mañanera de la deuda fiscal de un contribuyente específico implicó romper el secreto fiscal. ¿Por qué hacerlo? ¿Qué necesidad política justifica vulnerar un principio básico del Estado de derecho?

Estar o no de acuerdo con la forma de actuar de Salinas Pliego es irrelevante frente a un hecho alarmante. Que desde la tribuna presidencial se hable reiteradamente de la situación fiscal de un contribuyente implica vulnerar el secreto fiscal, un principio básico del Estado de derecho que protege a todos los mexicanos. Si se rompe con uno, se debilita para todos.

Bad Bunny, por su parte, se ha convertido en un dolor de cabeza para Donald Trump desde otro ángulo, el cultural. Su decisión de no dar conciertos en Estados Unidos el año pasado para no exponer a sus fans a redadas de ICE fue un mensaje político con enorme impacto. Hoy, cuando la política migratoria estadounidense se ha endurecido al punto de registrar incluso la muerte de ciudadanos estadounidenses a manos de agentes migratorios, la figura de Bad Bunny se ha vuelto tan incómoda para Donald Trump que ha salido a decir que de plano no va a ir al Super Bowl del domingo porque no le gusta el cantante, que va a ser quien ofrezca el show de medio tiempo. Hay mucha expectativa de lo que pueda decir o hacer ahí Bad Bunny sobre el tema ICE.

Trump prometió deportaciones de indocumentados, no persecuciones indiscriminadas ni ejecuciones. La distancia entre la promesa y la realidad ha erosionado su popularidad en el tema migratorio, que es uno de sus pilares insignia desde que bajó en 2015 por aquella escalera dorada prometiendo acabar con ella.

Salinas Pliego y Bad Bunny no son héroes ni villanos. Son, simplemente, actores que entendieron su ecosistema, rompieron las reglas y con ello han demostrado la peor cara de los más poderosos en nuestro entorno.

Columna publicada en El Universal

Florida, EUA. – Las acciones contra los migrantes que ha emprendido Donald Trump en los primeros seis meses de su segundo mandato han mostrado ser sumamente desorganizadas, racistas y crueles.

Lo que hemos visto es un espectáculo para asustar a quienes están sin sus papeles en orden en Estados Unidos para que quienes sigan sin documentos prefieran auto deportarse. Con ese propósito hemos visto desde los vuelos enviando a hispanos a la mega cárcel de Bukele hasta las redadas en Los Ángeles. La idea ha sido mostrar a un gobierno dispuesto a todo para purgar a su país de los indocumentados.

Por eso las imágenes de los supuestos integrantes de pandillas puestos en vuelos hacia El Salvador esposados fueron promovidas masivamente en las redes sociales de La Casa Blanca. Lo mismo sucedió con los agentes de migración (ICE) y la Guardia Nacional desplegada en California. Todo se ha promovido como un ejercicio de eficiencia que ha reducido las detenciones a su número más bajo en décadas.

La semana pasada esta propaganda escaló con las imágenes de Trump caminando por su nuevo centro de detención de migrantes en Florida: El Alcatraz de los Cocodrilos. El antiguo Homestead Air Reserve Base, a 50 km de Miami, ahora se va a usar para detener a migrantes con la promesa de que, al estar rodeado de manglares en los que rondan cocodrilos, ninguno va a poder escapar.

El fiscal general de Florida, James Uthmeier, quien fue el que bautizó al lugar, presumió en un video publicado en X que “si la gente sale de ahí no les espera mucho más que cocodrilos y pitones”.

La crueldad se está usando como propaganda. Y las cosas se van a poner peor.

El One Big Beautiful Bill que aprobó la Cámara de Representantes el jueves pasado y que firmó el 4 de julio Donald Trump “como regalo de cumpleaños para América”, crea un estado policiaco contra migrantes que otorga muchos más recursos a los esfuerzos para llevar a cabo deportaciones. El dinero aprobado permitirá a la administración Trump aproximadamente duplicar la capacidad de detención de inmigrantes y reforzar significativamente el personal de control de inmigración. De entrada ICE pasa de tener un presupuesto de $8 mil millones de dólares al año a recibir $100 mil millones de dólares de ahora y hasta septiembre del 2029.

Además del músculo financiero para ICE, el proyecto reserva 46 mil 500 millones de dólares para el muro fronterizo, su construcción, instalación, mejoras, vías de acceso, cámaras, iluminación y otras tecnologías de detección. Esto representa el mayor gasto de todo el BBB.

La retórica nativista de Trump y los tres funcionarios de su gobierno abocadas a terminar con la migración – Stephen Miller; Tom Homan y Kristi Noem – está pasando de tener a los indocumentados como su blanco de acción a irse también en contra de migrantes que están en Estados Unidos con sus documentos en orden.

Por eso Trump ha hablado de deportar a su otrora amigo, Elon Musk, a Sudáfrica. Allá nació, pero Musk es ciudadano de EUA desde el año 2002. El presidente ha amenazado con hacer lo mismo al candidato demócrata a la alcaldía de Nueva York, Zohran Mamdami, quien nació en Uganda pero es ciudadano estadounidense desde el 2018, si de ganar, impide que ICE lleve a cabo deportaciones en su ciudad.

Estados Unidos se hizo a partir de migrantes. El propio Trump está casado con una migrante, Melania Knauss, que nació en Eslovenia. La esposa del Vicepresidente J.D. Vance, Usha Chilukuri, es hija de migrantes de India. Esta atracción de los mejores talentos y de gente que busca el sueño americano ha sido una enorme fortaleza para el país. Pero esa historia de éxito se ha vuelto la de un cruel estado policiaco contra migrantes con el regreso de Trump 2.0.

Columna publicada en El Universal