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El Presidente Trump ha realizado trabajos de todo tipo en nuestro debate sobre cómo los Estados Unidos se ven a sí mismos y su papel en el mundo.

 

Ha recordado a la izquierda y a la derecha democrática – señalan el pequeño “d” – que comparten más terreno en común de lo que a menudo se dan cuenta en términos de democracia, los dones de la modernidad y el valor del pluralismo.

 

Trump ha hecho esto articulando, de forma irregular e inconsistente, una oscura cosmovisión arraigada en el nacionalismo, el autoritarismo, la incomodidad con las diferencias étnicas y religiosas, y un escepticismo sobre el proyecto moderno. Lo hizo de nuevo durante una visita europea que desconcertó tanto por lo que dijo Trump y por el aislamiento de los Estados Unidos dentro de “Occidente” cuya causa el presidente pretende ser el responsable.

 

Su falta de constancia hace que sea difícil juzgar exactamente lo que cree. Generalmente describimos sus contradicciones como el producto de las luchas por el poder entre Steve Bannon y Stephen Miller, los nacionalistas populistas, y James Mattis y H. McMaster, los representantes de un enfoque más convencional de la política exterior.

 

En los días en que Trump promete lealtad a la OTAN y a sus aliados, vemos al Secretario de Defensa Mattis y al asesor de seguridad nacional McMaster como ganadores. Cuando Trump se desvía de ese camino al disentir a los aliados y al ir retóricamente contra ellos, declaramos triunfadores en la Casa Blanca a Bannon y Miller.

 

Los optimistas acerca de Trump insisten en que “los adultos”, como Mattis y McMaster a menudo son desagradablemente descritos por las viejas manos de política exterior, con el tiempo limitarán el daño que el presidente puede causar. Los últimos días deben impulsarlos hacia una reevaluación de su esperanza.

 

El viaje a Europa de Trump, incluyendo su reunión con Vladimir Putin, siempre iba a ser un acto de altas expectativas, dada la imprevisibilidad del presidente y su alergia a los libros de información. Para Trump, todo es personal, lo que significa que está sujeto a ser manipulado fácilmente. Los líderes extranjeros saben que halagarle es el camino hacia su corazón -los chinos y los saudíes parecían haber comprendido esto bien- y que sus compromisos más profundos parecen corresponder a sus intereses comerciales.

 

Pero en la medida en que Trump tiene un instinto sobre el mundo, parece más cercano a Bannon. Los satos espontáneos del presidente, sus revelaciones en Twitter y sus reacciones ante los líderes extranjeros individuales apuntan a la manera de Bannon.

 

Trump ha hablado con mucho más afecto hacia Putin, los príncipes saudíes y los nacionalistas de derecha ahora en el poder en Polonia que para los pluralistas democráticos como la alemana Angela Merkel y el francés Emmanuel Macron. En la cumbre del G20, tanto Merkel como Macron se parecían más a los presidentes estadounidenses posteriores a la Segunda Guerra Mundial que a Trump.

 

Y la ambigüedad sobre lo que dijo Trump durante su reunión de dos horas con Putin sobre la intromisión de Rusia en las elecciones de 2016 (la administración negó que Trump hubiera aceptado las negaciones de Putin, como afirmaba Rusia, pero su propia cuenta de lo que Trump realmente le dijo fue difícil Tranquilizador) sólo subrayó la renuencia del presidente a confrontar al líder ruso en cualquier cosa. “Trump le dio a Putin exactamente lo que quería”, fue el titular de un comentario en el New York Times de la escritora y disidente rusa Masha Gessen. Era difícil negar su verdad.

En su discurso en Polonia el jueves, Trump se comprometió a la alianza occidental, pero en un discurso sombrío, retrospectivo y maniqueo.

 

“La cuestión fundamental de nuestro tiempo es si Occidente tiene la voluntad de sobrevivir”, dijo Trump. “¿Tenemos el deseo y el coraje de preservar nuestra civilización ante aquellos que la subvertirían y destruirían?” Si fallamos en defender lo que nuestros “antepasados” nos transmitieron, Trump advirtió, “nunca jamás volverá a existir”.

 

Texto publicado en RealClear Politics por E.J. Dionne

Luego de cuatro intentos por obtener un lugar en el parlamento francés y después de haber sido derrotada en la elección presidencial por Emmanuel Macron, la líder de extrema derecha Marine Le Pen finalmente ocupará un escaño al obtener el triunfo en su distrito Hénin-Beaumont.

 

 

Esta victoria para Le Pen fue gracias a la segunda vuelta de las elecciones legislativas que se celebraron este domingo en Francia y en el que su partido Frente Nacional (FN) espera alzarse con cinco a siente lugares. Se sabe que Louis Aliot, vicepresidente de FN y pareja de Marine Le Pen, también fue elegido diputado.

 

Le Pen logró vencer a Anne Roquet, del Partido de la República en Marche (REM), del presidente Macron, con el 59% de los votos obtenidos en el distrito.

 

Con información de Daily Express / Foto: Twitter

 

HÉCTOR AGUILAR CAMÍN

MILENIO

 

 

Asusta el vacío intelectual en que transcurren las pugnas de nuestros partidos políticos. Todo en ellos es un pleito de posiciones sin posición, puestos sin propósito, poderes sin rumbo: una vida política puramente instrumental que se ahorra la tarea de pensar y decir para qué se quieren las cosas, para qué los puestos, para qué las candidaturas, para qué el poder.

 

Da lo mismo si se mira a la derecha, a la izquierda o al centro. No hay en realidad ni derecha ni izquierda ni centro. Hay solo conglomerados que disputan por supremacías internas, como si les fuera en ello la vida.

 

Probablemente les va la vida en ello, la única vida que son capaces de dar a sus partidos, la vida de la política sin inspiración ni propósitos públicos, la vida del pleito desnudo por el poder, un poder que ni siquiera es gran cosa, pero que es puro poder, instrumento puro.

 

Se acusa al PAN de que predomina en su directorio el pensamiento derechista. Ojalá y así fuera, ojalá y hubiera siquiera ese pensamiento en el molinillo ideológico panista, algo que fuera más allá de lo único que parece haber: una colección de prejuicios y creencias sin densidad ni linaje. Se dice que en el PRD predominan las nociones de una izquierda arcaica. Ojalá y así fuera, ojalá que la puja entre esas ideas, pobres, pero ideas al fin, explicara al menos en parte la batalla campal que libran entre sí las autollamadas tribus del partido.

 

Se dice que el PRI es reo de las ideas priistas de siempre que no se atreven a decir su nombre. Ojalá y hubiera al menos esas ideas escondidas en el tinglado de las negociaciones ventajosas que parece el único talento vivo del partido.

Bajo lo que llamamos derecha, izquierda y centro en nuestro espectro partidario no hay en realidad ideas. Hay solo, al parecer, eso que la prensa refleja día con día: pujas, pleitos, golpes, cargos, tribus, canonjías.

 

Maromas sin rumbo, y sin gracia.

 

Escribí los párrafos anteriores en este mismo espacio el 13 de febrero de 2007, hace diez años. Algo hemos cambiado, pero no mucho.

En Holanda, hoy se llevaron a cabo elecciones para elegir nuevo parlamento, y de acuerdo a los primeros sondeos dados a conocer, el partido liberal, mismo que está en el poder, ganaría las elecciones legislativas.

 

Según sondeos de salida en las urnas, el partido de extrema derecha de Geert Wilders quedaría en segundo lugar empatado con otras dos formaciones.

Según la televisión pública NOS, el Partido Popular por la Libertad y la Democracia (VVD) del primer ministro Mark Rutte obtendría 31 escaños de 150, mientras que el Partido por la Libertad (PVV) de Wilders alcanzaría 19, los mismos que el Llamamiento Demócratacristiano y el partido de la Democracia D66.

 

 

 

 

Con información de Agencias / Foto: Twitter