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JORGE CASTAÑEDA

EL FINANCIERO

 

 

Haber otorgado el beneplácito al embajador de la dictadura de Nicolás Maduro en México constituye una vergüenza para el país, un error político, pero sobre todo una pifia diplomática innecesaria. Lo es por la persona a la que le fue concedido, por las explicaciones que se dieron, y por la incapacidad o renuencia a adoptar una solución factible, fácil y económica.

Francisco Arias Cárdenas fue golpista con Chávez en 1992. Se dirá que se trataba de una buena causa, contra un régimen neoliberal; que Chávez también lo fue; pero nada de todo eso justifica su aceptación por un tercer país. Los venezolanos eligieron a Chávez en 1998, pero México no tenía por qué aceptar a uno de sus colegas. Ya me imagino si el gobierno chileno de Patricio Aylwin, en 1990, nos hubiera mandado de nuevo embajador a un exmiembro de la junta que derrocó a Salvador Allende. Que por cierto Carlos Andrés Pérez, el presidente venezolano contra el cual se alzaron, entre otros, Chávez y Arias Cárdenas, era tan amigo de México como el Chicho.

En segundo lugar, la Cancillería inventó una serie de mentiras o medias verdades para justificar el otorgamiento del beneplácito. La Convención de Viena no obliga a otorgar o negar beneplácitos en un plazo determinado y la supuesta, anacrónica y absurda Doctrina Estrada no dice absolutamente nada al respecto. La tesis según la cual en los archivos de la Cancillería no figura ningún trazo de un beneplácito anteriormente negado es un argumento para tontos e ignorantes. Los beneplácitos no se niegan por escrito; se hace palpable de manera indirecta u oficiosa que un determinado país no desea que fulano de tal sea el embajador de otro determinado país y punto.

Me remito a los dos casos que sí conozco, de dos beneplácitos negados en los hechos a México, en los años ochenta. Tanto el Reino de Holanda como el Reino Unido le comunicaron a los gobiernos de De la Madrid y de Salinas de Gortari que sus candidatos a ocupar la representación diplomática de México en La Haya y Londres no eran aceptables, y que mejor los retiraran. Si no deseaban hacerlo, no habría un rechazo formal, pero jamás una aceptación. Se retiraron ambas candidaturas, después de un “intervalo decente”.

Por último, acceder a la petición de Maduro fue un error político. La embajadora anterior del dictador había sido por lo menos aprobada por la Asamblea Nacional, donde la oposición es mayoritaria. Arias Cárdenas es el embajador de la Asamblea Constituyente, espuria, desconocida por buena parte del mundo, y repudiada por el pueblo venezolano. Maduro lo es también. Incluso en términos jurídicos no queda claro si podrá tomar posesión de la representación diplomática en la Ciudad de México.

Pero, sobre todo, la metida de pata trae dos consecuencias lamentables. En primer lugar, cualquier taparrabos de neutralidad al que hubiera podido aspirar López Obrador se destruyó. Por razones de pura afinidad ideológica, se otorgó un beneplácito innecesario. ¿Por qué innecesario? La respuesta es evidente para cualquiera con un mínimo de experiencia. Bastaba con no dar respuesta a la solicitud de Maduro: ni sí, ni no. Nos lo han hecho muchas veces; todos los países recurren a esta medida; nadie puede reclamar nada, y si reclaman, ni siquiera es pertinente responder. “Estamos estudiando el caso”.

Al desaparecer todo viso de neutralidad, queda patente la toma de partido de AMLO por Maduro, y la marginación completa de la Cancillería. Sabíamos que no metió ni las manos en el tema del Rey de España; conocimos las objeciones del secretario a las modalidades de la visita de Kushner a México y cómo fue informado a última hora; ahora nos enteramos que tampoco incide en la política hacia Venezuela. Nadie nos va a convencer de que Ebrard no sabía que existía una alternativa, y que prefirió el oso de Arias Cárdenas a la demora indefinida. Fue Morena, y las huestes chavistas mexicanas, que obviamente se brincaron a Ebrard y convencieron a quienes mandan que sí había que aceptar al enviado de Maduro. Golpista, ilegal e innecesario.

LIÉBANO SÁENZ

MILENIO

El mayor desafío de ahora es entenderse y asumirse en los nuevos tiempos. Es mucho lo que cambia de forma vertiginosa y es natural, ante lo desconocido y la incertidumbre, optar por resistirse al cambio. Suscribir la nueva realidad es imprescindible para todos. Esto no significa desentenderse de lo bueno del pasado ni transitar en una contemplación negativa hacia todo lo que sucede. El país está inmerso en una nueva realidad. Hay signos de preocupación, pero más que ello, compromisos por identificar y asimilar.

Es preciso diferenciar las causas de los efectos, y también efectos que se vuelven causa. En términos políticos, el amplio descontento social de años pasados dio origen a un proyecto que contó con el aval de la mayoría de la población. Para bien se abre la puerta a un gobierno decidido a cambiar, con objetivos irrefutables, pero para mal, con métodos y estrategias dudosas y que resultan contraproducentes para el mismo proyecto en curso, y también para el país. La secuela del enojo social y el deseo de cambio echó abajo los contrapesos que habían caracterizado el régimen político desde que el gobierno dividido se instauró en 1997. Esta es nuestra nueva realidad. Hay que asumirla y actuar en consecuencia. Hoy, a lo social le corresponde hacer más, porque la política no está dando para los contrapesos.

Aunque los signos del cambio despierten incertidumbre y preocupación, lo importante es ser proactivos y positivos en el espacio que a cada quien corresponde. El país es mucho más que un proyecto político en particular, éste, por más pretensiones y respaldo que tenga, se inscribe en la circunstancia de nuestros tiempos. De hecho, lo político es más precario en su continuidad que lo económico, lo social o lo cultural. Por ello es preciso observar la realidad actual con perspectiva, con un sentido de lo importante y de lo que debe trascender y permanecer.

Asumirse positivo no es una forma de someterse, como tampoco lo negativo es por sí mismo resistencia. Cuidar lo importante obliga a la mesura y también a la paciencia. La persistencia ha probado ser una actitud válida, pero ésta debe tener propósito. Además, debe inscribirse en los mejores valores de la cultura liberal como es la tolerancia, el respeto a la dignidad de las personas, y el cuidado a las instituciones que dan vigor y vigencia a las libertades y a la contención al abuso del poder.

Es posible que conforme pasa el tiempo se acentúe en algún sector el sentimiento de que lo nuevo no muestra consistencia entre lo que se hace y lo que pretende, entre lo que se predica y lo que resulta, entre los compromisos y los hechos. El futuro no es fatalmente promisorio ni desastroso, es lo que cada quien, desde su propio espacio va construyendo y defendiendo. Si vale para lo individual, mucho más para lo colectivo.

La realidad de hoy día demanda un esfuerzo de adaptación. No es la primera vez que el cambio se impone. En otros momentos ha ocurrido a partir de la crisis con todas sus expresiones dramáticas y elevados costos sociales. Afortunadamente, ahora vivimos un cambio no accidentado y que obliga a una participación con entusiasmo, pero, sobre todo, con claridad de lo que se pretende. No es asunto de supervivencia, sino hacer que lo nuevo sea consecuente con lo mejor del ayer, que no es poco. A pesar de que los nuevos tiempos deslumbren e impidan ver con claridad lo mucho que hay por preservar y cuidar, al margen de la nostalgia o de cualquier interés particular, es necesario reflexionar que el futuro del país nunca se ha construido destruyendo el pasado, sino usando lo mejor de aquellos tiempos como piso firme para fincar hacia adelante.

La causa del cambio está en lo social y en lo económico. Se entreverán para transformar a las personas en sus ideas, valores y pretensiones. La realidad política de ahora convoca a la inclusión y a revisar mucho de lo que se daba por válido en el paradigma del pasado. Es muy positivo que los actuales tiempos convoquen a la equidad, a ampliar el bienestar y mejorar las condiciones de vida no solo de las mayorías, sino también de los por mucho tiempo olvidados. Eso es bueno, pero el reto está en lograr lo que se quiere; no es la pretensión ni la intención lo que convalida, sino los resultados, y es allí donde más dudas despierta lo que ahora desde el poder se instaura como método, causa y razón.

La voluntad cuenta y mucho, pero también el orden, la claridad y los medios para alcanzar lo que se pretende.En los mexicanos hay consenso en lo que hay que hacer, pero no así en la manera de lograrlo. No hay coartadas fáciles para cambiar lo que no nos gusta de la realidad. Además, no se debe desentender de los instrumentos ni siquiera a partir de lo elevado del propósito. La justicia no puede someter a la ley; tampoco la ley puede quedar a merced del calculado interés político.

Los nuevos tiempos convocan hoy más que nunca a la claridad de visión, al compromiso y a la persistencia con perspectiva del largo horizonte de nuestra historia.

@liebano

Luego de que desde octubre del año pasado diversas caravanas migrantes han llegado a México con personas cuyos países de origen son principalmente Honduras y Guatemala, con la esperanza de llegar a Estados Unidos, la firma Parametría presentó su más reciente estudio sobre la percepción que los mexicanos tienen de los migrantes.

A pesar de ser México un país de tránsito de migrantes hacía Estados Unidos, el éxodo ha provocado diferentes reacciones en el país tanto del gobierno federal para dar respuesta a la llegada de personas, como de la propia sociedad.

De acuerdo a datos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), la migración que tenemos en el país es baja en comparación con otras naciones; en Emiratos Árabes Unidos el 88% del total de personas que viven ahí son inmigrantes. Estados Unidos alberga el mayor número de migrantes en el mundo, casi a 50 millones, lo que representa el 16% de su población total. En México, las personas de otros países que radican en el territorio nacional representan apenas un 1% de la población total del país.

Cuatro de cada diez personas (42%) consideran que en el país viven demasiados extranjeros. 3 de cada 10 dijo que habita la cantidad adecuada y sólo 11% mencionó que hay menos extranjeros de los que debería haber.

La percepción que se tiene de las personas que nacieron en otros países y que vienen a vivir a México genera opiniones divididas, pues 42% creen que los extranjeros que radican en México benefician al país, mientras que 44% afirman que lo perjudican.

Parametría sostiene que podría resultar preocupante el alto porcentaje de quienes creen que los inmigrantes que viven en México perjudican al país, sobre todo si se considera que los discursos de odio que alientan la xenofobia parten de supuestos sobre el impacto negativo que tienen los migrantes en los salarios, la economía y el empleo de los países a los que llegan.

Otro de los argumento que se han utilizado en contra de los flujos migratorios ha sido el de la afectación que representa para las economías al hacer que los salarios bajen. Seis de cada diez mexicanos consideran que la llegada de personas de otros países a México perjudicará al país porque hará que los salarios disminuyan.  Sólo dos de cada diez considera que con los migrantes que llegan la economía mejorará.

Finalmente, el estudio muestra que también hay opiniones divididas sobre qué tan grave es la presencia de inmigrantes que se encuentran en el país de forma ilegal. El 43% de los mexicanos cree que la presencia de inmigrantes que se encuentran en México sin haber realizado la documentación necesaria es un problema más grave que en los Estados Unidos, por el contrario 43% dijo que el problema era menos importante de lo que se presenta en Estados Unidos.

Al respecto…
 
Por: Alejandro Aguirre Guerrero
Y estuvo en el norte de Veracruz para levantar a Cuitláhuac García lo más alto que pudo; el objetivo era ayudar a su más rezagado pupilo en la República Mexicana, al que no logra caminar sin la “andadera” del Gobierno Federal. AMLO tenía una meta y buscó cumplirla.
Lo adelanté en esta columna y así ocurrió, tal como me lo confiaron los cercanos al Presidente en Palacio Nacional:
“La visita de este fin de semana a Veracruz es básicamente para sacar de terapia intensiva a Cuitláhuac García ante su propia gente, buscando hacer ver que las cosas no están mal, y para eso, le dará todo su apoyo en público, lo cobijará, pero la verdad es que estamos muy preocupados por su lentitud como Gobernador”.
López Obrador no se cansó de repetir, en los tres puntos donde estuvo (Poza Rica, Tuxpan y Tantoyuca) que le habían dejado muy mal el estado al Gobernador García, pero que aún así, la seguridad mejoraría, particularmente porque la autoridad ya no estaba coludida con los delincuentes.
El Presidente tuvo que meter el acelerador en el afán de empujar al Gobernador de Veracruz. Los reportes que el tabasqueño tiene son claros, “a este paso y con el magro papel de Cuitláhuac García, en las elecciones intermedias Morena perderá terreno frente al panismo estatal”.
La gente de AMLO en Morena sabe que en materia electoral, Veracruz peligra bajo el mando de Cuitláhuac García. Tienen claro que los municipios más relevantes en el estado bajo su “dominio”, particularmente Xalapa y Coatzacoalcos, se hunden en la inseguridad, y que sus alcaldes, agobiados por la inoperancia de su Gobernador, no alzan la voz como quisieran, pues sería “como patear al propio Presidente”.
AMLO cumplió su objetivo en Veracruz: ayudar a Cuitláhuac García, levantarle la mano, sonreír con él, ponerlo a su derecha en la tarima. Ahora sabe que cometió un error al repetirlo como candidato, pero no es tiempo de lamentaciones, sino de poner el pegamento necesario, “aunque se gaste la botella entera”.
Sin embargo, me dicen que el Presidente se llevó una nueva preocupación de Veracruz. “Más allá de las fallas del Gobernador, AMLO se percató que algunos de sus Secretarios hacen que Cuitláhuac quede peor ante la opinión pública, como si buscaran tropezarlo o lucir más que él. Nos pidió revisar bien el tema y pasarle el reporte. Hay indeseables metidos”.
Twitter: @aaguirre_g

José Woldenberg

EL UNIVERSAL

 

El tortuoso nombramiento de los comisionados de la Comisión Reguladora de Energía (CRE) está develando uno de los peores resortes del Presidente de la República. Su incapacidad para asumir cabalmente la corresponsabilidad con otro poder constitucional, su afán por subordinarlo y el reflejo bien aceitado que, al parecer, piensa que la autoridad o es autoritaria o simplemente no es. No una Presidencia que busque la convergencia y colaboración con otro poder legítimo y legal; no una Presidencia flexible, abierta a otras opiniones; en su lugar, una capaz de incluso acudir a una lectura amañada de la ley con tal de que su voluntad emerja triunfadora. Veamos.

Se sabe: el Presidente de la República envió al Senado cuatro ternas para elegir a 4 de los siete comisionados que deben integrar el órgano de gobierno de la CRE. El Senado resolvió que los candidatos no cubrían los requisitos legales y/o no contaban con los conocimientos necesarios para ocupar esos cargos. El Presidente, conforme a la ley, debía mandar otras ternas, pero decidió enviar 11 de los 12 reprobados y agregar uno nuevo. Y ahora el Senado debe escoger cuatro entre los que ya había rechazado o de lo contrario el Presidente designará a quien quiera de esas ternas. De tal suerte que, al parecer, haga lo que haga la llamada Cámara Alta, resultará humillada por el titular del Ejecutivo. Pero no adelantemos vísperas.

Dice la Ley de los Órganos Reguladores Coordinados en Materia Energética en su artículo 6º: “Para nombrar a cada Comisionado, el Presidente de la República someterá una terna a consideración de la Cámara de Senadores, la cual, previa comparecencia de las personas propuestas, designará al Comisionado por el voto de las dos terceras partes de sus miembros presentes, dentro del improrrogable plazo de treinta días… En caso de que la Cámara de Senadores rechace la totalidad de la terna propuesta, el Presidente de la República someterá una nueva, en los términos del párrafo anterior. Si esta segunda terna fuere rechazada también, ocupará el cargo de Comisionado la persona que dentro de dicha terna designe el Presidente de la República”.

No hay duda del sentido y la literalidad de la norma. Si la primera propuesta es rechazada, el Presidente está obligado a mandar una “nueva”, no la misma “gata, pero revolcada” (perdón por la expresión). La Ley busca la cooperación y corresponsabilidad de dos poderes, intenta que los designados cuenten con el aval de ambos, busca que con su comparecencia demuestren conocimiento en la materia, y que esa operación genere comisionados no solo capaces y con un fuerte apoyo de salida, sino que además puedan desarrollar sus labores en un órgano regulador que cuenta con autonomía técnica, operativa y de gestión. Es decir, una comisión no dependiente del Ejecutivo.

Pero, al parecer, para el Presidente no se trata de eso. Sino de demostrar quién es más poderoso en un jueguito elemental (e innecesario) de fuerzas. Ha colocado en un aparente jaque a una de las Cámaras del Congreso: 1) o apruebas a cuatro de las personas entre las doce que te he mandado o 2) yo las designo directamente. Si optas por 1 pierdes porque ya las habías descalificado y si es por 2, yo decido contra tu voluntad.

No obstante (creo), la propuesta agresiva y desconsiderada del Presidente puede y debe ser atajada con los propios recursos que ofrece la Constitución. El artículo 105 establece que la Suprema Corte de Justicia puede conocer sobre controversias constitucionales que se susciten entre “el Poder Ejecutivo y el Congreso de la Unión; aquél y cualquiera de las Cámaras de éste…”. Y creo que la Corte no solo establecería con claridad que en asuntos de tanta trascendencia no valen las triquiñuelas y que la Constitución es clara, sino que además serviría para refrendar que los poderes constitucionales no pueden ni deben estar subordinados al Ejecutivo. Eso convendría incluso a los legisladores de Morena si realmente se asumen como tales y no como súbditos del Presidente.

Profesor de la UNAM

JOSÉ WOLDENBERG

EL UNIVERSAL

 

 

¿Vamos hacia un sistema político que girará en torno a un solo hombre, el Presidente de la República?, ¿una especie de sol que ordenará, subordinando, a los demás actores en el escenario? No es solo la pretensión de que en las elecciones para renovar la Cámara de Diputados los ejes se reconstruyan para plantear de manera rotunda “con o contra el Presidente” (es decir, unos comicios federales diseñados para que en el centro del litigio esté el Poder Legislativo colocarán en el foco del debate público la adhesión o no al Presidente), sino una serie de elementos que develan la ambición de disminuir o anular el rol y la influencia de otros poderes y órganos constitucionales y agrupaciones de la sociedad civil.

Enumero sin ningún concierto: superdelegados en los estados para, por lo menos, hacer sombra a los gobernadores; reducción de recursos a los órganos públicos autónomos que, según la Constitución, deben estar fuera de la órbita del Ejecutivo; descalificación de las agrupaciones de la sociedad civil a las que se presenta como encarnaciones oligárquicas; acoso retórico a los medios no alineados con el gobierno; disminución del financiamiento público a los partidos; desprecio por el funcionariado profesional de las instituciones estatales genéricamente descalificado por corrupto; colonización de instituciones centrales del arreglo republicano con “eles” no necesariamente capacitados para la función (el último nombramiento en la Corte). No es un listado exhaustivo, pero (creo) sí expresivo.

Hay por lo menos una idea fuerza que ofrece sentido al abanico de acciones y dichos antes enunciados. Y recordemos, como si hiciera falta, que las ideas nunca resultan anodinas, menos cuando encarnan en posiciones de poder. Las ideas dan pie a discursos y conductas, ofrecen sentido al pasado, a los acontecimientos en curso e incluso pretenden diseñar el futuro. No son triviales y acaban por modular el tipo de poder al que se aspira. Tienen fuerza propia y acaban cincelando a las personas.

Todo parece indicar que el Presidente cree sinceramente que a través de él se expresa el pueblo. Y por supuesto quienes se le oponen, critican o dieren no pueden más que encarnar al antipueblo. La idea es sencilla, útil y contundente, ordena los campos y ofrece una épica, inyecta sentido a sus actos y logra cohesionar a sus seguidores que se ven a sí mismos no como agentes de una o unas políticas, sino como militantes de una causa trascendente. El “pequeño” problema es que la idea es una construcción falaz que ha llevado en el pasado y en el presente a la edificación de regímenes autoritarios (de izquierda y derecha). Porque si el pueblo es uno y está unificado, si ya encontró a “sus auténticos representantes” y puede expresarse con una sola voz, ¿para que es necesaria toda la parafernalia democrática que parte de una premisa que se encuentra en las antípodas de la anterior?, es decir, que en la sociedad existen intereses, ideologías, aspiraciones y sensibilidades distintas y que ellas reclaman fórmulas para su expresión, recreación, convivencia y por supuesto competencia. Ese pluralismo es lo que justifica y genera a los regímenes democráticos y cuando se le niega, bajo el argumento de que el pueblo es una entidad monolítica y que además ya encontró a su pastor, toda la normatividad e institucionalidad que pone en pie la democracia resulta prescindible.

Así, la división de poderes, las facultades acotadas de las distintas autoridades, los tortuosos procedimientos, los contrapesos constitucionales y hasta las libertades y los derechos individuales, pueden aparecer como un obstáculo para el despliegue de la “voluntad popular” que encarna en un solo hombre. De suceder eso —y la esperanza es que la complejidad y diversidad del país sean suficientes para fortalecer los diques a esa pulsión—, la aspiración de unos poderes estatales acotados por el derecho podría deslizarse hacia un poder que ve en el derecho una molestia, un corsé, un antagonista.

 

Profesor de la UNAM

Este martes, el presidente Andrés Manuel López Obrador se abstuvo, otra vez, de opinar sobre la aprobación de leyes que prohíban la interrupción legal del embarazo pues dijo «ser dueño de su silencio».

«En este caso me reservo mi opinión porque no quiero polemizar, no quiero tomar partido. Ya hablé de que represento a todos los mexicanos y a todos les debo respeto entonces por lo pronto no me meto, soy también dueño de mi silencio», mencionó.

López Obrador dijo que su abstención se debe a que prefiere evitar una confrontación.

«Soy respetuoso de las libertades, de que todo mundo se manifieste, pero en este caso, permítanme mantenerme al margen», señaló.

El presidente insinuó que «si el caso lo amerita» el tema de la interrupción legal del embarazo sería atendido.

«Siempre cuando hay discrepancias, lo mejor es la democracia, pero ahora tenemos una encomienda que es la que está demandado todo mi tiempo, mi trabajo: acabar con la corrupción en México», declaró.

López Obrador ya había sido cuestionado sobre el tema el viernes pasado, cuando se le preguntó si vetaría una iniciativa que prohíba o criminalice el aborto a nivel federal.

Al respecto, el mandatario contestó que la prioridad del Gobierno es el combate a la corrupción y que una vez lograda esa meta se podrían ver otros asuntos.

«Primero logremos limpiar de corrupción al régimen, que es lo que más ha dañado (al país), y una vez logrado eso vamos viendo, entre todos, otros asuntos porque hay muchos temas importantes, pero vamos a priorizar y en este caso yo pienso que lo más importante es limpiar de corrupción al Gobierno», declaró en aquella ocasión.

JOAQUÍN LÓPEZ-DÓRIGA

MILENIO

No hemos visto ni el final del principio. Florestán

Cuando la mayoría de los empresarios que critican al presidente López Obradorlo aplaudían el lunes por la mañana en Palacio Nacional al convocarlos a invertir para crecer al cuatro por ciento este año, no entendieron que les había endosado esa responsabilidad y que de no llegar a esa cifra, como no se llegará ni a la mitad, será su responsabilidad.

A esto agrego lo que publicó el vicegobernador del Banco de México, Gerardo Esquivel: La desaceleración económica parece ser más generalizada de los que algunos creen. En diciembre de 2018, la actividad industrial en Europa cayó a una tasa anual no vista desde hace una década. Lo mismo ocurrió en México.

Consultado otro especialista, me dijo:Esquiveltiene algo de razón, pero dada la dependencia con Estados Unidos, que no se ha desacelerado, caer igual que Europa es una mala noticia.

¿Qué quiere decir la suma del planteamiento del presidente a los empresarios de  invertir para crecer este año al cuatro por ciento, cuando los indicadores nos ponen por debajo del dos por ciento y la afirmación de Esquivel que de darse es desaceleración, como se dará, será un asunto del exterior?

Pues que el decrecimiento de este año será responsabilidad de los empresarios, que no invirtieron y de la caída de la economía internacional.

Y le doy estos datos: en los últimos cuatro sexenios, de acuerdo al INEGI, el crecimiento promedio de la inversión bruta de capital fue de un triste 1.8 por ciento, lo que no se alcanzará este año.

Así, pues, será imposible, no diga usted crecer al cuatro por ciento como le celebraron los inversionistas el lunes por la mañana, ni siquiera al dos. Pero ya hay responsables: esos empresarios que le aplaudieron en el salón Tesorería y los factores externos de volatilidad.

Sus decisiones de gobierno, no.

RETALES

1.SOBORNOS.- La próxima semana se activará el caso Odebrecht y la Fiscalía General de la República procederá contra el exdirector de Pemex, Emilio Lozoya, acusado de haber recibido y depositado en cuentas en el extranjero, lo que operadores de esa trasnacional confesaron haberle entregado:

2.CORTE.- El presidente de la Suprema Corte, Arturo Zaldívar, me dijo ayer que el presidente López Obrador no ha intervenido para nada en la vida interna del Poder Judicial y que hay quienes los quiere enfrentar. Que la Corte es el fiel de la balanza como lo demuestra el fallo que suspende la aplicación de la Ley de Retribuciones Públicas; y

3.GUARDIA.- A pesar de que ayer el presidente de la República acusó a la oposición de formar un bloque para batear la Guardia Nacional, lo que no tiene nada de anormal, y de balconear a los senadores que se opongan, la bancada del PRI en el Senado reiteró que si no acepta el mando civil y elimina la cadena militar de esa GN, no la votarán

Nos vemos mañana, pero en privado

JESÚS SILVA-HERZOG MÁRQUEZ

REFORMA

 

 

A principios de la semana pasada, en el Palacio Nacional, el presidente de la república da cuenta de una lista de traidores. Funcionarios que conspiraron para destruir la industria eléctrica del país. Significativamente, se sirve de un hombre desvergonzado y sin prestigio para dar lectura al nombre de los infames. “Le voy a pedir al licenciado Bartlett que les dé a conocer los nombres de los funcionarios que han trabajado y trabajan para las empresas particulares.” Su subordinado reitera que la difusión de la lista es una orden del jefe del Estado mexicano: me encarga el presidente que recordemos el nombre de quiénes han destruido a la CFE. Así empieza a leer la lista de los villanos. No se toma la molestia de verificar cargos y responsabilidades. Se equivoca en los tiempos en los que ocuparon puestos, confunde fechas y oficinas, pero aún así procede a leer la lista de la infamia.

Desde el centro del poder nacional, ante todos los medios de comunicación del país, el hombre más poderoso de México da la instrucción para destrozar la reputación de un grupo de mexicanos. Adelante, dijo: lea usted los nombres. Son los traidores. Son los inmorales. Son quienes cometieron faltas imperdonables. Vulneraron el interés de la patria. Colocaron su ambición por encima del deber. Que los conozca el mundo para que dé la espalda a los miserables. Para que les escupa y se les destierre. Ningún otro propósito tiene la publicidad de esa nómina. Se trataba de arruinar el prestigio de un grupo de mexicanos. Marcar su rostro y su cuerpo con una seña de deshonra. Mancharlos, estigmatizarlos. Todo el poder de la presidencia en contra de un grupo de ciudadanos que no puede defenderse de la agresión. ¿Qué defensa puede esgrimir un particular en contra de una embestida presidencial de esta dimensión? ¿Quién tiene una tribuna semejante a la que ocupa el presidente cotidianamente? ¿Quién cuenta con los poderes que ejerce el presidente más poderoso de la historia reciente del país? Una acusación del presidente López Obrador es una denuncia, un veredicto y una condena. Un monstruoso abuso de poder.

¿Y de qué se les acusa? De haberse apartado del código moral del Amado Líder. Eso. Ninguno de ellos recibe una acusación legal. Nadie enfrenta un proceso jurídico, nadie tiene oportunidad de defenderse en tribunales para limpiar su imagen. El jurado y el verdugo son el propio presidente de la república. Es sólo él quien ha inventado la infracción moral. Los acusados no han cometido delito alguno. Cumplieron, hasta donde puede saberse, con sus obligaciones legales. Acataron las reglas del derecho que son las únicas cuyo cumplimiento puede exigir el poder público a los ciudadanos. ¡Pero pecaron! Todos esos funcionarios fueron tentados por el mal y cayeron en el vicio. El puritano los llama pecadores, inmorales. Ese lenguaje de inquisidor implacable ha vuelto al discurso público: quienes aparecen en la lista de la deshonra no cometieron delito pero, a juicio del inquisidor, actuaron “inmoralmente.” Por eso lanza a los pecadores a la jauría. Incapaz de construir un argumento legal en su contra, los mancha para provocar su deshonra.

Al inquisidor le tiene sin cuidado el marco de lo jurídico, ese trazo que todos conocemos y que delimita con razonable precisión los límites de lo lícito. Su engreimiento moral lo faculta para lanzar acusaciones que no tienen más fundamento que su prejuicio. Así aparece cotidianamente en la plaza pública para fustigar al traidor que no se ajusta a su código personal. Nuevo ataque al orden cívico: despreciar la ley acordada para invocar la moralidad del caudillo.

Lo que sucedió la semana pasada en la conferencia de prensa del presidente de la república es gravísimo. El presidente empleando su gigantesco poder para aniquilar moralmente a sus adversarios. La tribuna presidencial empleada para promover una cultura de linchamiento. Esta es la lista de los miserables: que el pueblo noble, sabio y bueno actúe como crea conveniente. Cuando el presidente habla no habla un ciudadano cualquiera que expresa su punto de vista. La palabra presidencial tiene un impacto directo en la vida de las personas que nombra. La voz del poder no puede ser la voz de la inquina personal y del odio.

RAYMUNDO RIVA PALACIO

EL FINANCIERO

 

 

El presidente Andrés Manuel López Obrador está enojado. Lo hizo explícito en su comparecencia pública en Palacio Nacional, al realizar el alegato en contra del pasado más profundo, vehemente y desafiante que ha hecho en su naciente administración. López Obrador fustigó a gobiernos y exfuncionarios, a quienes acusó de corrupción, escalando sus imputaciones a órganos autónomos y organizaciones no gubernamentales. El mensaje es que todo el pasado apesta y hay que erradicarlo. Hay verdades en sus razonamientos, pero su belicosidad generalizada preocupa e intriga. ¿Qué tanto esa retórica es pura y qué tanto es distractor? El dilema no podrá resolverse en el corto plazo, pero la ruptura con todo el pasado comenzó.

López Obrador se presentó en Palacio Nacional ante la expectativa de con qué iba a salir y contra quién se iba a ir. Pese a ello, sorprendió con su narrativa del presente y el futuro que representa él, como símbolo de honestidad, y todo lo que no es él ni responde a él, como íconos de lo oscuro y la corrupción. Reaccionó así a las réplicas que le hicieron exfuncionarios y empresas, a las que acusó de corrupción y conflicto de interés. Esta comparecencia marca un antes y un después, al haber cambiado López Obrador la rutina de presentar un programa o una idea de lo que quiere hacer su gobierno. En su intervención mañanera, atacó todos los frentes en 360 grados. Como botones de muestra:

1) “Muchas de estas cosas de abusos, de falta de moralidad, se presentaron por la mezcolanza entre poder público y poder privado; o sea, no había frontera, no había separación, el gobierno estaba convertido en un comité al servicio de los hombres de negocios, mujeres y hombres de negocios, más hombres que mujeres, entonces ya hay esta separación que es sana para todos”.

López Obrador volvió a condenar esa puerta giratoria, donde hay circulación recurrente entre el gobierno y el sector privado y viceversa, tomando como medida a Estados Unidos para enfatizar lo que considera corrupción en México. Su analogía fue incorrecta y esa puerta giratoria es una práctica normal en el mundo, donde apunta precisamente a lo contrario, la honestidad del servidor público que tiene que seguir trabajando para vivir. Lo que es extraño es cuando un servidor público no tiene que trabajar al dejar el cargo, o vivir sin ingresos registrados. Pero no está del todo mal lo que sostiene el presidente. Lo que necesita es apuntar quirúrgicamente.

2) “Hubo mucha simulación. Se crearon diversos organismos supuestamente autónomos, independientes, toda una constelación de organismos independientes, autónomos, otro gobierno para operar el saqueo, para facilitar el robo, para entregar contratos, permisos a empresas particulares; y en todos esos organismos la mayoría de los consejeros representa a los grupos de intereses creados, y nos vendieron la idea de que esto era la independencia, la autonomía, la llamada sociedad civil, que eran gente decente porque los del gobierno eran unos corruptos”.

Su ataque busca regresar a principios de los 90, cuando empezó el cambio del diseño institucional del gobierno y se crearon órganos constitucionales autónomos que sirvieran de contrapeso a los poderes del Estado. Así surgió en aquella década la autonomía del Banco de México, el Instituto Federal Electoral (ahora INE), la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, y en la siguiente logró su autonomía el Inegi y se fortaleció lo que hoy es el Instituto Nacional de Acceso a la Información. En la segunda década de este siglo nacieron la Comisión Federal de Competencia Económica, el Instituto Federal de Telecomunicaciones, el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social y el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación. Descalificar con generalizaciones no lleva a ningún lado, salvo a la polarización. No son las instituciones, sino las personas. Si lo enfoca de esa manera, encontrará a través de lo que descubra el apoyo de los incrédulos de sus intenciones.

3) “No le hace que se enojen, que no estén a gusto, pero tenemos que acabar con el cáncer de la corrupción y con la simulación, con el hecho de que las leyes se respetan en la forma pero se violan en el fondo, que se está hablando de derecho cuando es un Estado de chueco”.

Toda la narrativa concluye en esto, que justifica su denuncia permanente de corrupción. Si no le gustan las leyes al presidente, dice que se violan porque no se aplican. Cuando las que existen no le benefician, las cambia. El conflicto de interés no existe en su entorno, sino en el de los otros. El determinismo que emplea produce confusión y confrontación. Es tan fuerte y tan expansiva su crítica a todos por todo, que queda la duda si no es un distractor para el problema económico que se le avecina.

En las páginas de El Financiero, su director editorial y uno de los mejores analistas económicos del país, Enrique Quintana, ha ido detallando esta semana la desaceleración económica a partir de los indicadores. “El gobierno federal debe preparar muy pronto una nueva narrativa para explicar un conjunto de datos que van a ser muy desfavorables”, anticipó Quintana. ¿Es acaso esa nueva narrativa lanzarse contra todo el pasado y responsabilizarlo de todo?

Sólo López Obrador sabe el fondo de sus motivaciones. De cualquier forma, cualquier camino, en estos momentos que necesita cohesión, es de muy alto riesgo. Si hay delitos que perseguir, que actúe; si no existen, que no estigmatice. La desunión nacional que tanto promueve no lleva a ningún lado y puede acabar con él mismo, incluso, tarde o temprano.

PABLO HIRIART

EL FINANCIERO

 

La sociedad observa, con total indiferencia, cómo se destruye la República y se instaura a pasos agigantados un régimen autoritario y antidemocrático.

Nos hemos vuelto un país donde los partidos políticos, la mayoría de los medios de comunicación, las cúpulas empresariales, las universidades y los poderes Legislativo y Judicial, se ponen de tapete para que avasalle sin contratiempos la voluntad de un solo hombre.

Hace unas semanas se dio conocer –en este y otro espacio– que el presidente de la Suprema Corte conminó a la titular del Tribunal Electoral a que renuncie al cargo, pues en Palacio Nacional disgustó que no anulara unas elecciones en que perdió el partido del presidente.

Para la Corte, el presidente mandó una terna en que va la esposa de su constructor favorito, José María Riobóo, su ex asesora, y la ex candidata a senadora de Morena en Querétaro.

Se nombró un fiscal carnal y éste designó fiscal electoral a un amigo y colaborador del presidente desde el inicio de este siglo.

¿Dónde están los colectivos de ONG y periodistas que abogaban en la calle y en las redes “por una fiscalía que sirva”?

Muchos están de tapetes.

El país está copado por “superdelegados” que concentran el poder de la federación en cada una de las entidades.

Son ex candidatos de Morena que van a ser gobernadores de esos estados porque controlarán el dinero de los programas sociales. Con esa maniobra, en pocos años el país se va a pintar de guinda.

Ya le llamamos con naturalidad “consultas” a esas pantomimas que sirvieron de excusa para echar abajo el Nuevo Aeropuerto Internacional de México y construir un tren Maya, sin que votara ni el uno por ciento de los empadronados.

Las “consultas” las van a llevar a la Constitución. Esa figura ya existe en la Carta Magna, regulada y supervisada por el INE. Para abajo. Y adelante las consultas a la manera de Morena.

¿Dónde están los constitucionalistas, tan activos y protagónicos hasta hace apenas unos meses? Silencio.

Con las reformas constitucionales que se harán en materia de democracia, dice el presidente, vamos a terminar con los fraudes electorales.

¿Y el INE? Se queda callado. Más aún: le recortan el presupuesto al nivel más bajo de su historia, porque estorban.

El dinero volverá a fluir para el INE cuando Morena haya puesto a todos y cada uno de sus consejeros.

Los institutos autónomos fueron castigados presupuestalmente porque son una piedra en el zapato para el avasallamiento del presidente y su partido, sin Inegi poderoso que impida cuadrar estadísticas a modo.

Ya dijo el presidente lo que piensa de los organismos autónomos: “se hicieron para robar”.

Obviamente los va a desaparecer o a copar con sus incondicionales.

El presupuesto está volcado a la construcción de bases clientelares, y nadie dice nada.

Ni un peso a las estancias infantiles, que atienden a cientos de miles de niños, pues el dinero se les va a entregar a los padres. Quieren clientelas.

Y así con los precios de garantías, las becas a jóvenes y apoyos a millones de personas que serán su base electoral.

A las Fuerzas Armadas les dan múltiples tareas que no son las suyas y, por ahora, sin atribuciones ni para defenderse, y pierden el respeto de la población.

Cualquier barbaján encara, golpea o secuestra a miembros del Ejército sin el más mínimo respeto, porque sabe que no le va a pasar nada.

Al Ejército lo ponen donde hay dinero: inmobiliarias, aeropuertos y todos los negocios alrededor de una terminal aérea (hoteles, restaurantes, casa de cambio, etc.).

En paralelo a ello el gobierno construye una Guardia Nacional militarizada que va a responder a su creador: AMLO.

México se militariza en torno a un proyecto político.

Duele decirlo, pero así hizo Chávez en Venezuela y hoy el único apoyo de Nicolás Maduro reside en un ejército cooptado y una Guardia Nacional a su servicio.

La ley no se aplica a los aliados políticos del gobierno, como es la CNTE, que puede detener por semanas el tránsito de ferrocarriles y mercancías porque son del partido del presidente.

Ahora toman vías férreas y dañan con decenas de miles de millones de pesos a empresas y obras en construcción.

Dentro de poco podrán tomar industrias y fábricas de los fifís que no se plieguen a los planes de la cuarta transformación. Al cabo que nadie dice nada y el gobierno no les aplica la ley.

Los nuevos libros de Formación Cívica y Ética para estudiantes de secundaria (ya aprobados), fueron desechados por la SEP. Van a comprar libros de 2011 (desactualizados), mientras preparan los textos con los que van a adoctrinar a los jóvenes.

El 5 de febrero, en Querétaro, el presidente dijo en su discurso que se necesitaba una nueva Constitución, aunque por ahora no había condiciones.

Esas condiciones van a aparecer. Cuando avasallen en las elecciones intermedias con el control de los estados, la destrucción de los organismos autónomos y la operación de su base clientelar, tendrán mayoría absoluta en San Lázaro para convocar a una Asamblea Constituyente.

Mientras todo eso se encuentra en marcha, la sociedad y sus agrupaciones contemplan, sin inmutarse, la destrucción de la República.