ARTURO SARUKHÁN

EL UNIVERSAL

 

Y de repente, el dique finalmente se venció. A las 11:24 am del sábado, CNN declaró a Joe Biden como el ganador de la elección y a los pocos segundos, NBC, seguido de CBS, MSNBC, ABC y AP, hicieron lo propio.Fox News fue de los últimos medios en hacerlo. El júbilo explotó en las calles de Washington, con una sinfonía de claxonazos que duró todo el día en las calles de la ciudad.

Es evidente que no todo es -ni será- miel sobre hojuelas en las semanas y meses por venir. Como escribía en estas páginas en una columna especial poselectoral el jueves pasado (https://www.eluniversal.com.mx/opinion/arturo-sarukhan/algo-huele-podrido-en-dinamarca), el presidente electo Biden hereda un país profundamente polarizado y fracturado. No es la primera vez que un mandatario de nuevo cuño recibe a Estados Unidos en una situación crítica: Franklin D. Roosevelt, sin duda, heredando en 1932 el caos de la era de la Depresión. El tigre que ahora se gana Biden en la rifa trae consigo retos estructurales y coyunturales similarmente endiablados:

una pandemia en expansión, un desempleo altísimo a largo plazo, una deuda federal estratosférica, un presidente saliente tuiteando que le robaron las elecciones, una nación partida y la desinformación pululando a gran escala en redes sociales y plataformas digitales.

Cualquiera de estas crisis requeriría de un período presidencial completo para poderla domar. Seis, de manera simultánea, parecen casi intratables por su escala y complejidad. Y debido a que los Demócratas no ganaron todo lo que aspiraban a controlar en la Cámara de Representantes, el Senado (pendiente hasta las elecciones de segunda vuelta para los dos escaños de Georgia el 5 de enero) y sobre todo en asambleas estatales (donde se define el tema crítico de la redistritación electoral), así como el que muchos simplemente no pueden creer que 70 millones de sus conciudadanos votarían para reelegir a un hombre tan profundamente viciado y corrupto, se tiende a alimentar un doble rasero analítico que distorsiona nuestra visión de la decisión que tomó el país el 3 de noviembre.

Los mitos políticos a menudo surgen de primeras impresiones erróneas. Por ello hay que subrayar que no obstante este panorama poco halagüeño, la pesadilla de la gestión de Trump se acabó (si bien el trumpismo, lo que lo encarna y lo que lo alimenta, seguirá ahí), y que fue Biden el artífice de su caída. Por lo tanto, es necesario afirmar de manera inequívoca que su victoria es mucho más sustancial de lo que la opinión convencional sugiere en este momento y más reveladora sobre el futuro que la elección de Trump hace cuatro años.

Han sido y serán necesarios muchos días para asimilar la magnitud de la victoria de Biden: la movilización excepcional de votantes afroamericanos y los jóvenes, la consolidación del avance Demócrata en los suburbios o el éxito de Biden en recuperar una proporción suficiente de votantes de cuello azul. “Contratado” por los Demócratas en marzo para reconstruir el muro azul que habían representado los estados de Wisconsin, Michigan y Pennsylvania en el colegio electoral desde la década de los ochenta y que Trump derribó en 2016, Biden hizo precisamente eso, incluso mientras extendía el alcance del partido en el sur y el suroeste.

Miren lo que lograron el ex vicepresidente y su compañera de fórmula, Kamala Harris. Ganaron con 75 millones de votos, más que cualquier otro candidato presidencial en la historia del país, y disfrutan de una ventaja de más de 4 millones de votos populares, la cual muy probablemente crecerá sustancialmente a medida que se vayan finalizando los conteos. Los márgenes de victoria de Biden en Wisconsin y Pennsylvania son comparables a los de Trump en 2016, mientras que en Michigan es más de 10 veces mayor. Biden quizás acabe incluso arrebatándole dos estados Republicanos de cepa, Georgia y Arizona, y el presidente electo podría acabar hasta con 306 votos electorales, exactamente igual que Trump hace cuatro años. Y Biden no mordió el anzuelo durante esta campaña atípica marcada por la pandemia: supo que la estridencia y la flatulencia de Trump no se combaten con más de lo mismo, sino con decencia y empatía.

La emoción de ver a la primera mujer de color (hija de inmigrantes jamaicano e india) encarar la vicepresidencia como lo hizo Harris en su gran discurso de victoria la noche del sábado, apuntando al país multiétnico, abierto, plural y diverso y, ojalá, tolerante, hace que la ardua ruta por delante, para Biden y para la democracia estadounidense, se vea un poco menos empinada, por lo menos durante unos cuantos días más. Y esta victoria es además un primer revés palmario para la cofradía de líderes demagogos y populistas que en el mundo ven a Trump como su fuente de inspiración.

Biden recurrirá a normas y valores democráticos y a coaliciones de los decentes, tanto al interior del país como en el sistema internacional, para enfrentar un futuro incierto y peligroso. Algunos cambios serán inmediatos. Comenzará su mandato restaurando la aptitud en los altos cargos del gobierno federal, desplazando al régimen corrupto, nepotista y kakistocrático de Trump. Durante sus décadas de experiencia política, el ex vicepresidente se ha rodeado de algunos de los funcionarios y servidores públicos más capaces de Washington. Algunos, como el posible jefe de gabinete de Biden en la Casa Blanca, Ron Klain, cuentan con currículos casi tan largos como el de Biden. Otros, como Harris, son de recién arribo a la escena nacional. Pero el atributo común de todo el equipo es un historial de logros en el servicio público. Y al asumir el cargo, detendrá rápidamente algunas de las decisiones más deplorables de Trump: la destrucción vertiginosa de las regulaciones ambientales; la falta de sustento científico en la estrategia para contener y mitigar la pandemia; el esfuerzo sistemático para socavar el Obamacare en las agencias federales y en los tribunales; la presión constante sobre el Departamento de Justicia para que procese a los enemigos políticos de Trump por cargos falsos, mientras perdona los actos criminales de sus amigos. Biden buscará reincorporar a EU a organismos y acuerdos internacionales como la Organización Mundial de la Salud y el acuerdo climático de París y reinstaurará las protecciones ejecutivas a los llamados «soñadores», los inmigrantes indocumentados traídos a este país cuando eran niños. Y todo esto podría ser solo durante el primer día de su gestión.

A pesar de que ha tenido sobradas razones para hacerlo, y más ahora a partir de la negativa de la gran mayoría de ellos a admitir la derrota de Trump, se ha resistido a romper lanzas con los Republicanos, una postura que le valió las burlas y críticas de los progresistas en la primaria, pero que podría serle útil para construir un mínimo de consenso y coaliciones legislativas a la carta en un país partido a la mitad. Como en algún momento apuntó el ex gobernador Mario Cuomo, se hace campaña en poesía, pero se gobierna en prosa. Y vaya que Biden tendrá que gobernar con el lenguaje árido de la negociación y el compromiso. Los mandatarios suelen enfrentan circunstancias y crisis que nadie anticipó. Pero los estadounidenses pueden estar seguros de que una vez más, la persona sentada en la Oficina Oval se preocupa por los mejores intereses de la nación, terminando de paso con la demonización de los “otros”. Trump empeoró los problemas más grandes y, trágicamente, manejó mal las crisis que enfrentó. Se necesitará mucha paciencia y mucha mano izquierda así como sensibilidad social y política para que los Demócratas puedan construir la coalición que necesitan para gobernar eficazmente y revertir las secuelas nocivas del trumpismo. Pero en una era en la que los demagogos han sido ascendentes, cualquier victoria hoy vale para celebrar.

Ana Paula Ordorica es una periodista establecida en la Ciudad de México. Se tituló como licenciada en relaciones internacionales en el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y tiene estudios de maestría en historia, realizados en la Universidad Iberoamericana.



Escribe un comentario